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El arte de gobernar con esperanza

by Redacción

(EIRNS) — En contra de la percepción política prevaleciente, es ciertamente posible y también necesario, que el poder de la razón prevalezca sobre la locura criminal de la clase de Epstein. Ya sea en Brasil, España, Francia o Estados Unidos, allí donde una gran idea se une a un noble propósito, a menudo encarnado en un solo individuo, a veces un Papa, a veces una jubilada de 87 años, surge el potencial para una cultura de la esperanza y, por lo tanto, para una nueva arquitectura internacional de seguridad y desarrollo. Hay que cultivarlo. El encuentro del Papa León XIV en Asís a finales de octubre, en busca de un diálogo por la paz, es un ejemplo sobresaliente.

El arte de gobernar no es un entretenimiento. El avance de la humanidad para salir de sus siglos de tragedia colonialista, a través de la colaboración conjunta de naciones y civilizaciones, no del hegemonismo, no puede estar en manos de vendedores ambulantes, secuaces, aduladores o sicarios. El arte de gobernar solo puede progresar con quienes creen que la humanidad puede y debe progresar, juntos, “sin malicia hacia nadie, con caridad para todos”, como dijo Abraham Lincoln (1809-1865), quien solía citar pasajes de las tragedias de Shakespeare ante su gabinete de guerra; él entendía el arte de gobernar.

El presidente Lincoln sabía en aquel momento que Estados Unidos había llegado, al igual que ahora, una vez más, a un trágico callejón sin salida, y que podía dejar de existir rápidamente. También sabía que su nación era una república, no una democracia. Y sabía que el poder de las ideas de Shakespeare, junto con la promesa de la Constitución y la Declaración de Independencia, podía elevar a las personas por encima de sus trágicos axiomas, incluso si la mayoría de ellas “democráticamente” prefería ser trágica. Lincoln sabía que la turba, incluida la turba linchadora, es “democrática”. Lincoln propuso una visión de la humanidad “sin malicia hacia nadie, con caridad para todos”.

Hoy en día, aunque los medios convencionales o quienes carecen de información lo nieguen, la tormenta de una guerra mundial se cierne en el horizonte de un mundo transatlántico despistado. Las guerras deben terminar, ahora, antes de que la humanidad se autodestruya. Los jóvenes de ese mundo transatlántico, en España, Francia y Brasil, tienen mejor visión. Pueden ver el futuro peligroso e inmediato en el horizonte y, aunque quizá aún no conozcan la solución, saben que hay que encontrarla o todo estará perdido.

La solución exige elegir entre dos visiones de la humanidad: la visión humana y la visión de Hegseth. La propuesta —ahora rechazada— del secretario de Guerra “Hegs-death” de llevar a cabo una ejecución pública transmitida en vivo del exmayor del Ejército de Estados Unidos y psiquiatra Nidal Hasan recuerda, como mínimo, y tal vez incluso imite intencionadamente, los linchamientos del sur de Estados Unidos de la década de 1920, con sus multitudes de niños, cestas de picnic y gente reunida en torno a un cadáver mutilado, cuyas fotos sonrientes se convertían en postales. Hegseth es, al fin y al cabo, un “caballero cruzado” (como se llaman los del Ku Klux Klan).

Sus hermanos espirituales en la City de Londres, los “cruzados británicos” contra Rusia, a quienes Zelenski acudió frenéticamente tras el acuerdo entre Putin y Trump sobre el diésel, han comenzado a reconocer, al menos de forma indirecta, que la guerra sustituta de la OTAN en Ucrania ya no es viable. Un artículo del Daily Telegraph de Londres, firmado por el corresponsal Roland Oliphant y titulado “Por qué Rusia cree que por fin puede aplastar a Ucrania este invierno”, lleva este subtítulo: “Putin ha intensificado sus ataques contra Kiev, haciendo que la capital se sienta una ciudad en primera línea del frente y provocando una carrera armamentista que Occidente no puede igualar”.

Otros en Londres discuten “lo que todos sabíamos al respecto” o lo que deberíamos haber sabido. En una entrevista titulada “Boris Johnson debe responder por la destrucción de Ucrania”, realizada por el exdiplomático británico Ian Proud a Mary Dejevsky, excorresponsal en Moscú del diario The Times de Londres, y al comodoro Steve Jeremy, de la Real Armada británica, este último señaló, en relación con la incursión de 2022: “Me quedó claro de inmediato que no se trataba de una invasión para tomar Ucrania. Era obvio por el número de tropas. Creo que se habla de una cifra de 190.000 (soldados rusos en la Operación Militar Especial), pero, en realidad, creo que se trata más bien de unos 90.000 soldados… Y siempre he tenido la sensación de que la ofensiva sobre Kiev fue lo que yo llamaría el uso de la fuerza militar para respaldar una iniciativa diplomática. Así que lo que creo que Putin trataba de hacer era, en realidad, llevar a Zelenski a la mesa de negociaciones… [Pero] luego arrastrar a Ucrania a esta guerra, algo que estaba destinado a suceder partiendo de la suposición de que los rusos serían débiles, fue un análisis militar espantoso. Y creo que no se trata solo de Boris Johnson, pero que sin duda, en mi opinión, es una figura destacada, y puedo imaginar en él esa sensación ’churchilliana’, de que esta es su oportunidad. La verdad es que creo que la historia lo juzgará muy duramente, y con razón”.

Las recientes acciones del gobierno de Trump respecto a Ucrania podrían haber tenido lugar en febrero o marzo de 2025. Sin embargo, esto habría requerido una ruptura con la corona británica, lo cual no ocurrió. ¿Por qué? La magnitud de este problema queda patente en la reticencia de Trump a hacer públicos lo que la gente seguía denominando erróneamente “los expedientes de Epstein”, a los que deberían haberse referido como “los expedientes de Maxwell y Epstein”. El desastroso ataque de Estados Unidos contra las instalaciones nucleares iraníes, el 21 de junio de 2025, a pesar de las objeciones de los atónitos partidarios más cercanos a Trump, fue el cumplimiento de facto de lo que el británico sir Kim “Flood The Zone” Darroch había exigido a Trump (quien sentía una gran aversión hacia Darroch) que llevara a cabo en 2019.

La combinación de estas dos “pequeñas y espléndidas guerras” (como las llaman los imperialistas angloestadounidenses) ha llevado al mundo al borde de una guerra termonuclear. Funcionarios rusos han dejado en claro que no ven motivo alguno para dialogar con Europa. Sin embargo, en un sentido real, la victoria duradera no será posible para los rusos en el campo de batalla, ya que nadie está a salvo en un mundo termonuclear si no se aborda y se pone fin a la injusticia económica hacia la humanidad, mediante una colaboración entre Rusia, China, Estados Unidos y los países del BRICS.

Se necesita un liderazgo estadounidense a la altura de Lincoln, John Quincy Adams y Franklin Roosevelt. La Presidencia debe ofrecer algo más ahora. En este momento, la candidata presidencial independiente Diane Sare es indispensable para ese propósito.

Colaboradora desde hace mucho tiempo del finado economista, estadista y ocho veces candidato presidencial Lyndon LaRouche, Sare sabe a qué se refería LaRouche con la siguiente idea extraída de su obra El factor Toynbee en la gran estrategia británica: “No solo es un error, sino el error más peligroso que una república podría perpetuar, suponer que los conflictos inmediatamente evidentes entre naciones y demás encarnan necesariamente en sí mismos las cuestiones determinantes del conflicto real en curso… Es en esta cuestión, en nuestro autoengaño ideológico-nacional sobre esta cuestión, donde los británicos nos han llevado rodando al borde del precipicio durante este período de posguerra”.

Un presidente estadounidense no puede dejarse engañar por los intereses británicos para entrar en guerra. No se puede ser a la vez miembro, o sirviente, de la clase Epstein, y un representante efectivo de la humanidad en la presidencia de Estados Unidos. Las posibles reuniones próximas entre los presidentes Trump, Putin y Xi Jinping requieren una intervención del arte de gobernar desde la calle. Los Diez Principios para una Nueva Arquitectura Internacional de Seguridad y Desarrollo y el simposio socrático semanal denominado “Coalición Internacional por la Paz” son los vehículos de una cultura y un arte de gobernar con esperanza, que los jóvenes de todo el planeta pueden adoptar para establecer los gobiernos del futuro próximo necesarios para la supervivencia de la humanidad.

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