Abinader ha alineado su política exterior con un proyecto de dominación imperial de impredecibles consecuencias: respalda designar a Hizbulá y a la Guardia Revolucionaria de Irán como terroristas, y condena a Cuba por violaciones a derechos humanos. Rompe así con la tradición dominicana de no intervención y con el apoyo histórico a la isla, asumiendo una postura de «sirviente» a los intereses de EE. UU.
Por NELSON DEL POZO GUZMÁN
El presidente Luis Abinader mantiene un servilismo internacional que ofende y entrega nuestra heroica tradición soberana a los pies de Donald Trump y una facción radical, impredecible y violenta de la extrema derecha estadounidense. El mandatario somete la autonomía nacional a los impulsos de una frontera imperial guiada por el fanatismo radical. Al alinearse ciegamente con esta peligrosa facción, la diplomacia oficialista abraza un indigno vasallaje que menosprecia la autodeterminación de los pueblos. Mientras el Pentágono dicta las pautas globales, el Estado dominicano, gobierno, cúpulas empresarial, política, militar y religiosa, baja la cabeza de manera sumisa e intolerable.
Esta subordinación nos alinea con un socio que asfixia económicamente a la región mediante severas medidas arancelarias. Además, este pacto somete a la diáspora quisqueyana en Estados Unidos a la constante zozobra provocada por las persecuciones de las fuerzas del ICE. Las familias dominicanas sufren de cerca el impacto de una inflación importada derivada de las guerras emprendidas por el gobierno USA que encarece los combustibles y los productos básicos, padecimiento que a Luis Abinader y su política exterior parece no importar. El mandatario prefiere callar ante los abusos imperiales frente a su propio pueblo.
Las líneas rojas que han marcado la página más reciente de esta sumisión se escriben tras los penosos, desconcertantes y desconsiderados pronunciamientos contra el solidario estado y pueblo Cubano, y al clasificar oficialmente a la Guardia Revolucionaria de Irán y al movimiento de resistencia Hizbulá como organizaciones terroristas. Con este acto, el gobierno dominicano hace coro a una irracional guerra improcedente auspiciada por un mandatario estadounidense impredecible carente de confianza. Se involucra así a la nación dominicana en conflictos ajenos e injustificables en el marco de la convivencia pacífica de los pueblos, que es lo que conviene. El pueblo dominicano queda expuesto como una víctima y objetivo directo de estas tensiones.
Este comportamiento de sirviente en la diplomacia dominicana rompe con la histórica neutralidad de un Estado soberano en el Caribe. Al asumir posturas beligerantes, el Poder Ejecutivo compromete innecesariamente la seguridad de la ciudadanía en territorio local y extranjero. Un análisis con perspectiva crítica evidencia cómo se sacrifican los principios multipolares a cambio de la simpatía de un gobierno estadounidense que no da visa de cortesía en ninguna de las ejecuciones que aplica y maltrata a los dominicanos. Ante esta entrega, el país transculturizado y en sometimiento observa insurrecto el desconcertante y complicado panorama geopolítico. El interés general de la nación se subordina para complacer agendas radicales externas.
La historia de la República Dominicana advierte con dolor los altos costos de este tipo de entreguismo político. La sumisión actual matiza una traición directa al legado histórico anticolonial, resistencia y principalmente de la Revolución de Abril de 1965. El propio mandatario pisotea el demostrado sacrificio constitucionalista y patriótico de su padre, José Rafael Abinader, destacado ministro del gobierno heroico de Francisco Caamaño. Aquella resistencia armada contra la invasión estadounidense repudió la bota extranjera que hoy su hijo abraza con docilidad.
En el pasado, políticas exteriores catastróficas arrastraron al país a participar en conflictos internacionales absurdos e injustificados. Recordamos con horror cuando el gobierno dominicano envió tropas a la invasión de Irak para validar guerras ajenas. Aquellas decisiones resuenan como antecedentes directos del peligro real al que hoy nos exponen. El recuerdo de la tragedia aérea del Vuelo 587 de American Airlines evoca un luto que desgarró el corazón de la patria y diáspora sin que todavía se aclare si el derribo de ese avión con destino a RD fue en represalia por la desacertada política exterior al igual que este período de gobierno.
El 12 de noviembre de 2001, un avión con trayectoria hacia Dominicana se estrelló poco después de despegar. El siniestro ocurrió en Nueva York, apenas dos meses después de los atentados del 11 de septiembre. Cientos de familiares dominicanos murieron en un evento que congeló el alma de toda la nación. Aquella catástrofe fue interpretada por amplios sectores como una probable represalia ante la servil política exterior dominicana de la época. La sumisión gubernamental ante las agresiones imperiales sembró una incertidumbre letal sobre las vidas de ciudadanos dominicanos inocentes.
Declarar enemigos por la humillante complacencia de sirviente compromete al pueblo dominicano en conflictos en los que no tiene más que perder su respeto como país soberano, con tradición de respetar el derecho internacional y la libre determinación de los pueblos en franco diálogo como seres humanos. Al asumir posiciones en nombre de intereses ajenos se pone en riesgo la convivencia pacífica de los dominicanos en todo el mundo. Es importante y urgente hacerle comprender al presidente y su gobierno que los dominicanos nos oponemos a las guerras, amamos la convivencia pacífica y respetamos la libre determinación de los demás por el bienestar y seguridad de la patria, que es cada persona y lo que le rodea.

