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No al premio Nobel de la Paz

by Redacción

Por ENRIQUE A. SÁNCHEZ L.

El bloque que desafió al mundo y dejó en ruinas al símbolo de la paz occidental.

En la actualidad, el mundo despertó con una noticia que, lejos de unir, volvió a dividir al planeta: el Premio Nobel de la Paz 2025 fue otorgado a la venezolana María Corina Machado, lo que para algunos fue un gesto de reconocimiento a la lucha democrática. Para otros, se transformó en la confirmación de que el galardón más célebre del mundo occidental ha perdido todo su prestigio.

El golpe más fuerte no vino de Washington ni de Bruselas, sino desde el bloque que hoy desafía el orden global, «Los BRICS», Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y las nuevas potencias que se han unido al eje multipolar, reaccionaron con dureza en lo que consideraron una burla al concepto mismo de paz.

Desde Moscú, Vladímir Putin no esperó los comunicados diplomáticos, fue tajante: ‘’El Nobel de la Paz’’, ya no simboliza la Paz, simboliza obediencia a occidente, dicho comentario se expandió por todas las redes y por todo el planeta y en cuestión de horas el discurso del kremlin encontró eco en todo el bloque.

Los BRICS cerraban filas y declaraban el fin moral del Nobel. El día que cayó el mito, el comité noruego lo había anunciado con solemnidad desde Oslo por su lucha pacífica, por la democracia y los derechos humanos en Venezuela. El Premio Nobel de la Paz 2025 fue otorgado a María Corina Machado.

Las cámaras registraron la emoción, las lágrimas, los aplausos, los discursos cuidadosamente medidos, pero fuera del auditorio el mundo ya había cambiado. La guerra en Ucrania, los bloqueos en Gaza, el quiebre económico global, el auge del BRICS y la caída del dólar habían configurado un tablero donde las palabras paz y democracia ya no significan lo mismo para todos.

Mientras los medios occidentales celebraban el galardón como un triunfo moral en los países del sur global, la noticia fue recibida con ironía e incluso indignación. Nobel de la paz, preguntaban comentaristas de Pekín, Nueva Delhi y Johannesburgo.

¿Para quién trabaja la paz? ¿Para los pueblos o para el interés? El contraataque de los BRICS. La reacción coordinada del bloque fue inmediata. Primero habló Rusia acusando al comité de utilizar el Nobel como arma geopolítica. Luego, China, a través de su cancillería, declaró que Occidente se ha apropiado de la moral mundial como si la paz tuviera bandera.

India calificó el premio como un acto de propaganda, mientras Brasil habló directamente de una manipulación ideológica disfrazada de reconocimiento humanitario.

En pocas horas el mensaje era claro. El BRICS consideraba muerto al Nobel. En su lugar, se propuso crear un nuevo reconocimiento internacional, el premio BRICS a la paz real, que distinguiría a líderes científicos y organizaciones que promuevan la cooperación y el diálogo entre civilizaciones. El anuncio filtrado por medios rusos y chinos cayó como una bomba en Europa.

Por vez primera, en poco más de un siglo, el monopolio moral del Nobel tenía un rival con poder económico, militar y mediático. Trump y Putin. Una coincidencia inesperada.

El desconcierto creció cuando, desde Washington, Donald Trump, visiblemente molesto por no haber recibido el galardón, lanzó su propio ataque. Yo detuve ocho guerras. Nadie ha hecho eso en la historia, pero claro, a mí no me premian. El Nobel ya no vale nada.

Sus palabras pronunciadas desde la Casa Blanca resonaron con un tono amargo. Sin embargo, su frustración coincidía con el diagnóstico de Putin y del bloque BRICS. El Nobel se había convertido en un trofeo político y así, en cuestión de horas, dos polos opuestos del poder mundial, Trump y Putin, coincidían en algo que parecía imposible, el descrédito total del Premio Nobel de la Paz.

El símbolo que se quebró. María Corina Machado, sorprendida, celebró el reconocimiento entre lágrimas. Esto es por todos los que no se rindieron, por los que siguen luchando sin odio, dijo. Pero mientras ella hablaba desde Caracas, los titulares del mundo emergente ya la señalaban como el nuevo rostro de la manipulación occidental.

Los noticieros en Moscú, Pekín y Nueva Delhi mostraban imágenes del anuncio de Oslo con una pregunta en pantalla. Paz o política. Para millones de personas, el Nobel ya no es un símbolo de paz, sino de alineamiento político. Y en esa grieta, entre lo que unos llaman libertad y lo que otros dominación, el bloque BRICS encontró su victoria.

El orgullo BRICS. Las redes sociales de los cinco países miembros estallaron con un mismo mensaje. Orgullo BRICS, editoriales en China, celebraban la caída del último mito moral de Occidente.

En Brasil, analistas afirmaban que la historia del Nobel termina donde comienza el nuevo orden multipolar.

En Rusia, medios estatales calificaban el premio como una reliquia de la Guerra Fría, disfrazada de virtud. La narrativa se expandió con fuerza. En cuestión de horas, millones de personas en África, Asia y América Latina comenzaron a compartir el mismo sentimiento: que el mundo ya no necesita que Europa decida quién merece la paz, el fin de una era.

El Premio Nobel de la Paz, alguna vez considerado el galardón más noble de todos, atraviesa hoy su crisis más profunda. El bloque BRICS no solo lo ha deslegitimado, sino que ha creado una alternativa ideológica que desafía su razón de ser.

Por primera vez, los países del sur global pueden decidir sus propios símbolos de mérito sin esperar el veredicto de Oslo. En palabras de un diplomático chino, durante un siglo el mundo creyó que la paz se medía con los criterios de Europa. Hoy esa era terminó. Un mundo dividido, una paz rota.

Mientras María Corina Machado celebra su victoria personal, el mundo asiste al entierro del viejo orden moral internacional. El Nobel ya no une, divide, ya no inspira, provoca. Y los BRICS, desde su nuevo poder económico y político, han hecho lo impensable: destruir un símbolo sin disparar una sola bala.

Así, entre comunicados, discursos y reacciones cruzadas, se cerró uno de los capítulos más simbólicos del año. El día en que el BRICS destruyó el Premio Nobel de la Paz, el día en que el mundo entendió que la palabra paz ya no pertenece a Occidente.

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