Por ING. ERICK SARANTE
Chief Security & Resilience Officer (CSRO) | Especialista en Seguridad e Inteligencia de Riesgos | Experto en Geopolítica | MBA | Doble Máster en Defensa y Seguridad Nacional | Asesor Estratégico | Comunicador | Escritor | Poeta
Cuando hablamos de lo que ocurre en Haití, solemos detenernos en dos temas que nos afectan de cerca: la migración y la inseguridad en la frontera. Esos temas son reales y merecen atención. Pero si nos quedamos solo ahí, vemos muy poco. Lo que pasa en el vecino es mucho más profundo: es una crisis de todo un Estado, una lucha por el control de su territorio y un cambio real en el equilibrio del Caribe.
Haití no tiene simplemente problemas de gobierno. Tiene debilitadas sus funciones esenciales: garantizar seguridad, administrar justicia, ejercer autoridad sobre su territorio y prestar servicios básicos. Cuando todo eso falla al mismo tiempo, el problema deja de ser de un solo país y se convierte en un asunto de toda la región.
Conviene distinguir dos cosas: gobernanza y gobernabilidad. Gobernanza tiene que ver con las instituciones y las normas. Gobernabilidad es la capacidad real de ejercer poder y hacer que las cosas funcionen. En Haití las estructuras siguen ahí, pero ya no llegan a gran parte de su territorio. Quienes llenan esos vacíos son las organizaciones armadas, que controlan rutas y zonas donde el Estado ya no tiene presencia.
Pero hay algo que rara vez miramos de frente: ¿qué intereses se mueven detrás de todo esto?
LA FRONTERA NO ES SOLO UNA LÍNEA EN EL MAPA
Lo que pasa al otro lado nos afecta directamente. Cuando el Estado haitiano pierde presencia en su territorio, se abren espacios para el tráfico de armas, el contrabando y el narcotráfico, actividades que no conocen fronteras y que terminan afectando a toda la región.
También es cierto que muchas personas cruzan buscando trabajo, seguridad y una vida mejor. Y quiero ser muy claro: buscar dignidad no es delito. Ser extranjero no es sinónimo de peligro. La migración ha formado parte de nuestra historia. Lo que necesitamos es distinguir bien: quienes buscan una oportunidad merecen respeto. Quienes aprovechan la crisis para delinquir deben enfrentar la ley. Una política de seguridad sana se basa en información y en el Estado de derecho, no en prejuicios. Podemos cuidar la frontera sin perder la humanidad.
NECESITAMOS UNA ESTRATEGIA PROPIA
No nos corresponde resolver la crisis de Haití. Sí nos corresponde proteger nuestros intereses, gestionar los efectos y colaborar en lo que podamos. Propongo cinco prioridades:
Inteligencia geopolítica
No basta con reaccionar a las noticias. Hay que entender qué pasa dentro de Haití y también qué hacen y qué buscan los actores internacionales. Anticipar es mejor que solo responder.
Seguridad fronteriza con inteligencia, no solo con presencia
Tener efectivos en la frontera es necesario, pero no suficiente. Se necesita tecnología, información compartida entre instituciones y capacidad de análisis para saber dónde están los riesgos y cómo responder con rapidez.
Diplomacia con voz propia
Debemos hablar con firmeza, pero también con capacidad de negociación. Nuestra posición debe escucharse en la ONU, con Estados Unidos, con CARICOM. No se trata de aislarnos, sino de participar para que nuestra realidad también cuente.
Resiliencia nacional
¿Estamos preparados si la situación empeora? Hay que identificar servicios e infraestructuras esenciales y garantizar que el país siga funcionando aunque el entorno se complique. Prevenir es responsabilidad, no pesimismo.
Planificar para distintos escenarios
No podemos depender de que todo mejore pronto. Hay que prepararse para la estabilización gradual, para una crisis prolongada y para un deterioro acelerado. Planificar no es adivinar el futuro: es estar listos cuando llegue.
Y algo clave: hay que medir si lo que hacemos funciona. Contar operativos no es lo mismo que ver si bajaron las actividades ilícitas o mejoró la seguridad. El análisis de datos ayuda a tomar decisiones más certeras.
MADUREZ ESTRATÉGICA: PENSAR COMO PAÍS
La solución de fondo en Haití corresponde al pueblo haitiano, a sus instituciones y a la comunidad internacional. República Dominicana puede colaborar, puede ser un buen vecino, pero no debe asumir sola una responsabilidad que no es suya.
Tampoco debemos permitir que esta crisis se convierta en moneda de cambio política interna. La seguridad nacional debe estar por encima de los ciclos electorales. Necesitamos visión de Estado, no reacciones de coyuntura.
En geopolítica es claro: quien no define qué busca, termina sirviendo a lo que buscan otros. República Dominicana debe tener claro qué protege, qué ofrece y hasta dónde llega. Esa claridad es la base de la soberanía.
No tenemos que elegir entre ser solidarios y ser seguros. Podemos ser ambas cosas al mismo tiempo. Esa es la mayor fortaleza que podemos mostrar: un país que defiende su casa con firmeza y abre las manos con humanidad.
Lo que ocurre en Haití es una prueba para nosotros. Nos obliga a pensar más allá del día a día. A mirar con empatía a nuestro vecino y con responsabilidad nuestra frontera. Y a saber, en este tablero del Caribe, quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos.

