Home Nacionales Jóvenes encienden Europa y juventud dominicana cree en nuevas rutas del cambio

Jóvenes encienden Europa y juventud dominicana cree en nuevas rutas del cambio

by Redacción

No hay apatía. Hay un sistema que aprendió a gobernar el descontento sin resolverlo.

Por NELSON DEL POZO GUZMÁN

En Europa, la Generación Z toma las calles. Contra la vivienda imposible, la escuela deteriorada, la corrupción y el fantasma del servicio militar obligatorio. Se niegan a morir en guerras que no votaron, y denuncian que el rearme se come el dinero que debería pagar aulas y salarios. Donde el Estado es percibido como responsable del bienestar, la calle se vuelve el escenario natural del reclamo.

En República Dominicana, el malestar existe, pero toma otro cauce. La gestión de los funcionarios gubernamentales cosecha 56.3% de rechazo, según ACD Media. Y sin embargo, no hay acampadas ni disturbios en ministerios. La diferencia no es de intensidad. Es de dirección.

El modelo europeo asume que el Estado debe y puede resolver la crisis. Por eso la juventud presiona. En el contexto dominicano, la desconfianza es tan profunda que la calle dejó de verse como herramienta de solución. El ciudadano se descuelga del sistema partidario: 60.6% no simpatiza con ninguna organización, según ACD Media, y busca salidas individuales: la informalidad, el éxodo. No es apatía. Es el repliegue de quien dejó de creer que las necesidades se resuelvan por la mediación de los partidos.

Pero aquí está la trampa. Esos mismos partidos que la mayoría dice no sentir como propios concentran el 68.1% de la intención de voto. La brecha tiene varias explicaciones: el aparato oficialista, el arrastre de figuras presidenciales de la oposición, la maquinaria territorial que sobrevive a la desafiliación. La encuesta no lo desagrega. Pero el resultado es claro: un electorado que usa las siglas sin sentirlas propias. Un voto capturado por diseño, no por convicción.

Ese diseño tiene una válvula de escape: las remesas. El flujo constante de dinero familiar subvenciona la supervivencia diaria y, en algunos casos, otorga a los jóvenes la autonomía para emprender sin pasar por el favor político. No es una autonomía heroica ni generalizada. Pero es real: donde antes había dependencia del clientelismo, ahora hay un ingreso que no pasa por él.
El sistema lo tolera porque alivia la presión sin cambiar las reglas. Donde las remesas no alcanzan, en la economía informal y en franjas más oscuras, la ilegal ocupa el vacío que el empleo formal y las instituciones no cubren. No es una salida digna: es el mismo sistema exprimiendo a quien no tiene otra.

Bajo este escenario, un 43.7% de la juventud manifiesta apertura hacia liderazgos alternativos ajenos a las cúpulas tradicionales. Es una minoría significativa, no una mayoría a punto de estallar. Pero suficiente para sostener una hipótesis: el descontento busca cauces distintos a los partidos. Esta generación ensaya formas de organización más horizontales, colectivos, redes, emprendimientos asociativos, esperando que las condiciones permitan manifestar su peso.

El porvenir dominicano descansa, en parte, en esa fuerza latente que se autoorganiza fuera de los comités desgastados. La indignación respaldada por la estadística no busca el caos ni el derrotismo. Busca propuestas frescas capaces de transformar el descontento en motor popular. Si esa energía encuentra cauces institucionales y liderazgos creíbles, puede redefinir el mapa político. Si no los encuentra, el éxodo y la dispersión seguirán creciendo. Y el silencio se hará más espeso.

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