ARTÍCULO INVITADO
Por Denis Mota Álvarez
El pasado viernes 2 de octubre tuve el honor de dictar la conferencia «Gregorio Urbano Gilbert: Héroe a toda prueba» en el Museo de Arte Moderno, en el marco de la XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026. Ante un auditorio atento, desempolvé los pasajes más sangrientos e ignorados de la intervención estadounidense de 1916 y la resistencia campesina en los campos del Este, aquellos rebeldes a los que el invasor intentó degradar bajo el eufemismo de «gavilleros».
Entre las páginas memorables de Gilbert rescaté los apuntes confiscados al patriota Cabral Garrido. En ellos se documentan, con dolorosa precisión, las barbaries de la ocupación: ranchos quemados con familias enteras abrazadas en las cenizas, tormentos de agua, sacrificios en la hoguera y cacerías humanas.
Sin embargo, en medio del horror emerge la figura del rebelde Ramón Nateras. Capturado junto a un compañero, tras una delación, se convirtió en la presa de una apuesta macabra: un mayor y un capitán yanquis apostaron dinero a quién era mejor cazador.
Al primer prisionero lo hicieron correr y el mayor lo ejecutó por la espalda con su rifle marca Savage. Cuando le preguntaron a Nateras si deseaba morir igual, aceptó en silencio. Echó a correr en línea recta para engañar a sus captores y, de pronto, se lanzó a zigzaguear entre los pajonales. Entre maldiciones y disparos a ciegas, el capitán solo logró rozarle un brazo; el monte verde y tupido abrió sus brazos para salvar al bravío guerrillero.
Pero la historia guardaba una ironía implacable. Pocos días después, el destino puso a ese mismo capitán del ejército yanqui en manos de Nateras. Lejos de sucumbir al pánico, el líder guerrillero mandó atar al oficial a un tronco. Sin la soberbia del invasor, pero con la frialdad del ajusticiador, le recordó que el dolor humano no era un deporte de tiro.
Recordar a Gilbert y a Nateras no es abrir viejas heridas en estos tiempos de olvidos y negación de la memoria histórica; es hacer justicia a quienes lucharon contra la degradación y el estigma de un pueblo, desde el altar de la dignidad nacional. ¡Cosas veredes, compay!
Reproducido de hoy.com.do

