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Violencia sembrada

by Redacción

La violencia que hoy estremece al país no brota por generación espontánea. Es el fruto de una sociedad marcada por profundas fracturas sociales, donde la exclusión y el abandono terminan convirtiéndose en escuela de desesperanza.

La justicia social continúa siendo una promesa incumplida. Mientras unos pocos concentran riquezas y privilegios, millones sobreviven entre salarios insuficientes, desempleo y oportunidades cada vez más escasas.

La educación, llamada a romper el círculo de la pobreza, sigue mostrando graves precariedades. Escuelas sin calidad, formación deficiente y escasos referentes éticos dejan a muchos jóvenes sin herramientas para construir un proyecto de vida.

La desigualdad alimenta resentimientos. Cuando el éxito parece reservado para quienes nacen con ventajas o poseen influencias, la frustración encuentra terreno fértil para la violencia y la delincuencia.

A ello se suma una corrupción de Estado que erosiona la confianza ciudadana. Cada peso desviado significa menos hospitales, menos aulas, menos seguridad y menos esperanza para quienes más necesitan del Estado.

Las nuevas generaciones crecen bombardeadas por mensajes donde la fuerza sustituye al diálogo y el dinero parece justificar cualquier conducta. La violencia termina normalizada como forma de alcanzar respeto o poder.

Ningún plan represivo resolverá un problema cuya raíz es social y moral. Las cárceles pueden contener delincuentes, pero no eliminan las causas que producen nuevos victimarios todos los días.

Si el país desea recuperar la paz, deberá combatir la corrupción, garantizar justicia social, transformar la educación y reducir las desigualdades. De lo contrario, seguirá cosechando la violencia que durante décadas ha sembrado con indiferencia.

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