1 de mayo de 2026 (EIRNS).— El 2026 ha sido hasta ahora un año de guerra, caos, crisis económica y extralimitaciones imperiales. Estados Unidos, bajo el mandato del Presidente Donald Trump, sigue librando una guerra de agresión ilegal y fallida contra Irán, que amenaza con la devastación económica en todo el mundo y con una escalada hacia una guerra que trascienda con creces la región. En Europa, muchos gobiernos se ven atrapados, por un lado, entre la locura de Estados Unidos y, por otro, la absoluta estupidez de su propia política, como se ve en la nueva estrategia militar de Alemania, que promete construir el ejército más fuerte de Europa en preparación para la guerra contra Rusia.
La desintegración de las instituciones y normas globales avanza a un ritmo sin precedentes. Pero, al mismo tiempo, facciones cada vez más numerosas en el mundo están plantando cara. En la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear del 27 de abril, Irán fue elegido como uno de los 34 vicepresidentes, ante los gritos de protesta de Estados Unidos. Y Tailandia, una firme aliada de EU, señaló que la guerra contra Irán les ha llevado a “reconsiderar algunas relaciones”, lo que incluye acudir a Rusia y China.
Al mismo tiempo, crece el espectro de la guerra y el peligro de una catástrofe. El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, inauguró la misma Conferencia del TNP con una advertencia: “Por primera vez en décadas, está aumentando el número de ojivas nucleares. Las pruebas nucleares vuelven a estar sobre el tapete. Algunos gobiernos están barajando abiertamente la adquisición de estas horribles armas”. Luego de recordar al mundo el peligro de las armas nucleares, agregó: “Hoy en día, se ha instalado un estado de amnesia colectiva”. Del mismo modo, el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo informó que el gasto militar mundial ha alcanzado un nuevo récord de casi $2,9 billones de dólares en 2025 (el undécimo año consecutivo de crecimiento), todo ello mientras las tasas de pobreza en todo el mundo van en aumento y las poblaciones de todos los países se enfrentan a un aumento en el costo de la vida.
Sin embargo, incluso este sombrío panorama palidece en comparación con la escandalosa bienvenida que el Presidente Trump dispensó al rey Carlos III de Gran Bretaña en Washington esta semana, donde fue recibido de forma destacada por activistas del movimiento LaRouche. Trump acogió al rey británico en una grandiosa visita de Estado, con ceremonias formales, un pequeño desfile militar e incluso una invitación para dirigirse a una sesión conjunta del Congreso. A pesar de sus recientes palabras duras y su tono agresivo hacia el primer ministro británico Keir Starmer, Trump mostró al mundo que se trata solo de desacuerdos superficiales, y expresó su convicción de que, en el fondo, Estados Unidos es heredero del “majestuoso legado” de Gran Bretaña. Sin ningún pudor, Trump elogió la “cultura”, el “carácter” y el “credo” del imperio británico, e incluso alegó que “nuestros antepasados seguramente se sentirían llenos de asombro y orgullo de que la revolución anglo estadounidense por la libertad humana” se haya extendido por todo el mundo (énfasis añadido). Es evidente que Trump es ahora una entidad totalmente controlada.
Cualquiera que conozca la verdadera historia de la Revolución estadounidense sabe que esto es una parodia contra los Estados Unidos, agravada aún más por haber ocurrido en el 250º aniversario de la Declaración de Independencia. Trump no solo elogió la historia del sangriento imperio británico —el mismo imperio que mató de hambre a tres millones de indios durante la Segunda Guerra Mundial y brutalizó a decenas de millones más bajo su dominio colonial— sino que también alegó falsamente que la influencia intelectual y filosófica de Gran Bretaña creó a Estados Unidos. El rey Carlos planteó las mismas falacias en su discurso ante el Congreso, por el que recibió repetidas ovaciones de pie de los funcionarios, sumidos en la amnesia.
En desafío a los “filósofos” liberales británicos como Thomas Hobbes, John Locke y Adam Smith, que justificaban la esclavitud como el “derecho a la propiedad”, así como al concepto de derecho positivo de la Carta Magna, los próceres fundadores de Estados Unidos insistieron en que el fundamento de cualquier gobierno es la ley natural. Los seres humanos no se motivan únicamente por sus deseos y anhelos personales, lo que los lleva a un conflicto perpetuo entre ellos y hace necesario un dictador, o una “mancomunidad”, para mantenerlos a todos bajo control. Más bien, todos los hombres y mujeres son creados a imagen del Creador, y dotados de la capacidad de “hacer el bien” conscientemente y promover el dominio de la humanidad sobre la naturaleza. O, como dijo el astronauta de Artemis II Jeremy Hansen al regresar de la Luna: “Los seres humanos son, en general, gente estupenda. No siempre hacemos grandes cosas… pero nuestra tendencia natural es ser buenos y ser buenos los unos con los otros”.
Quizás sea ese espíritu, que se apodera cada vez más del mundo a medida que se hacen más evidentes los vestigios del agonizante sistema imperial británico, el que está impulsando hoy la creación de un nuevo sistema global. Quizás el mundo esté rechazando por fin la visión depravada de la humanidad encarnada en la arrogancia mostrada en Washington, y ejemplificada en las guerras destructivas de agresión que libran en nombre de la “paz” (de los sepulcros).
Sea como sea, ya es hora de hacer realidad ese mundo y de desterrar para siempre esa mentalidad antinatural monárquica, incluso en Estados Unidos.

