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Únete a la movilización contra la guerra nuclear

by Redacción
(Instituto Schiller).- Cuando detienes el incendio en el huerto de manzanos, no recuperas tus manzanas. El cese del fuego no supone el regreso de los frutos. En algún lugar entre esos dos acontecimientos se encuentra el trabajo paciente, continuo y de toda una generación que supone plantar, cultivar, podar y esperar; sin el cual no hay huerto alguno, solo cenizas y el recuerdo de lo que una vez fue.

Esta es la realidad que la élite anglo-estadounidense se niega a comprender al evaluar el daño que su guerra contra Irán ha causado ya al tejido del mundo. El fertilizante que no se ha aplicado esta primavera no puede aplicarse retroactivamente; los cultivos que no se han plantado esta temporada no pueden cosecharse retroactivamente; la pérdida de Irán de dieciocho meses de progreso en desarrollo humano, en ocho semanas de guerra, no es un hecho acabado, sino que es un déficit que se agrava. Los 32 millones de personas que han caído en la pobreza a raíz de la guerra de Irán; la estimación del Pentágono de que podría llevar seis meses desminar el estrecho de Ormuz tras el cese de los combates; todo esto describe un daño que sigue desenvolviéndose a partir de causas ya puestas en marcha.

Hace casi 350 años, a bordo de un barco en el estuario del Támesis a la espera de pasar a Holanda, Gottfried Wilhelm Leibniz abordó este problema en su forma más profunda. Su diálogo Pacidius a Philalethes —una obra aparentemente sobre la naturaleza del movimiento— llegó a una conclusión sorprendente: que un cuerpo en movimiento no se sostiene por su propio impulso, sino que debe ser, en cada instante, sostenido en su existencia por una causa creativa que nunca está en reposo.
 Leibniz llamó a esto “transcreación”. Lo que parece un movimiento continuo es, de hecho, una recreación continua; lo que parece persistencia es, de hecho, el producto de un acto de creación en marcha. Un universo abandonado a su suerte no seguiría su curso; dejaría de ser. La existencia no es inercial.
Si traducimos esto de la metafísica a la economía, llegamos a un principio que Lyndon LaRouche desarrolló a lo largo de su vida: la civilización humana no es algo que persista por sí sola. Es el producto de una contribución creativa continua —descubrimientos científicos, infraestructuras, la crianza y educación de nuevas generaciones, el cultivo de las capacidades productivas del trabajo— sin la cual se deteriora.
Lo que parece “estable” está, en realidad, siendo construido, en todo momento, por alguien. Cuando el trabajo creativo se detiene, la civilización retrocede. Y cuando al cese del trabajo creativo se suma el trabajo destructivo, el declive no es lineal, sino compuesto. El daño que ahora se ha registrado en la contabilidad, no se detiene cuando termina la guerra; sigue desenvolviéndose a partir de causas ya en marcha, y se agrava con cada momento de abandono creativo continuo.
Frente a esto, consideremos cómo es realmente el trabajo creativo continuo. Ayer informamos sobre las vacunas de ARNm personalizadas para el cáncer de páncreas y el reactor reproductor rápido de 500 megavatios de la India, ambos fruto de décadas de ingeniería y accesos a beneficios que durarán siglos. China inauguró su 11º Día del Espacio el viernes 24 de abril, con la identificación de dos nuevos minerales lunares y la confirmación del lanzamiento en 2028 y el regreso en 2031 de la misión Tianwen-3 a Marte para recoger muestras.
En Argel, los presidentes de Argelia y Chad firmaron 30 acuerdos para ampliar la Autopista Transahariana, el Gasoducto Transahariano, la generación de energía transfronteriza y la infraestructura física de un África que ya no se organiza en torno a la extracción imperial. Ninguno de estos es un accidente o un gesto. Son ejemplos de lo que requiere realmente la existencia humana para seguir existiendo.
Y luego está lo que está aportando la élite anglo-estadounidense. Un Pentágono que baraja opciones para castigar a los aliados de la OTAN que se negaron a unirse a la guerra contra Irán —incluida la suspensión de España de la alianza y la reapertura de la cuestión de Las Malvinas— en represalia contra los mismos aliados que, en su reunión en Northwood, Inglaterra, esta semana, están intentando esbozar una arquitectura de seguridad posguerra para Ormuz sin Estados Unidos en la sala.
Un “secretario de Guerra” que habla con fluidez el lenguaje de la destrucción y nada del lenguaje de la creación. Frente a este tono, el Papa León XIV ha hecho un llamado a “una cultura de paz”. Incluso Tucker Carlson, una de las voces más influyentes detrás de la victoria de Trump en el 2024, ha renunciado públicamente a su defensa y se ha disculpado por “engañar a la gente”.
En la última reunión de la Coalición Internacional por la Paz, se hizo patente de forma clara y rotunda la necesidad y la exigencia de llevar a cabo una acción internacional para cambiar a Estados Unidos. Dennis Fritz, ex sargento mayor jefe de comando de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, habló sin rodeos como militar que había visto el funcionamiento interno del Pentágono: “Somos la causa de la mayoría de los problemas en todo el mundo”. La ex diputada mexicana María de los Ángeles Huerta hizo un llamado a una alianza “Sur-Sur” por la “soberanía cognitiva y la justicia digital” contra la guerra híbrida que están probando en toda América Latina los centros de planificación y los gigantes tecnológicos de Silicon Valley.
La candidata presidencial independiente Diane Sare instó al Congreso a recuperar su autoridad constitucional para declarar la guerra y pidió a los participantes en la reunión que colaboraran contactando directamente al Congreso de Estados Unidos. Varios activistas informaron sobre sus iniciativas para movilizarse ante el Congreso con el fin de poner fin a la guerra. Los asistentes a la reunión escucharon las palabras de veteranos, agricultores y corresponsales internacionales, incluida la lectura que se hizo de una carta al Congreso de Estados Unido que envió una monja de 90 años de Barcelona, España, en la que dice que “es una cuestión de patrimonio mundial que los principios fundacionales de Estados Unidos deben revivirse”. Helga Zepp-LaRouche clausuró la reunión subrayando la urgente necesidad de unir al movimiento internacional por la paz.

«Solo les digo que debemos plantear este debate sobre la nueva arquitectura internacional de seguridad y desarrollo; y superar la geopolítica es un elemento extremadamente importante de ello, porque si no empezamos por pensar en la Humanidad Una primero, quizá no vivamos juntos, sino que muramos juntos. Por eso es una cuestión existencial que llevemos a cabo este cambio de paradigma en nuestra propia mente y pensemos primero en la Humanidad Una antes de definir cualquier otro interés nacional o de otro tipo».

«Muchas gracias por la participación de todos, y movamos a tanta gente como podamos con el video de la reunión de la Coalición Internacional por la Paz 151«.

La elección no es entre la guerra y la paz en un sentido abstracto. Es entre dos físicas diferentes de la civilización. Una reconoce que lo que tenemos se construye en cada momento mediante la contribución creativa y se desintegrará sin ella; la otra trata la herencia de siglos como un fondo del que se puede sacar indefinidamente, como si el trabajo de mantenerlo hubiera terminado hace mucho tiempo. La primera física es la que Leibniz describió y LaRouche desarrolló para la economía. La segunda es la física de todo imperio en decadencia. Una vez que hayamos apagado los incendios, ¿qué cultivaremos?

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