2 de enero de 2026 (EIRNS).— El primer año de una presidencia que prometió “Estados Unidos primero” ha producido un balance profundamente dividido contra sí mismo.
Hubo algunas desviaciones, aunque frágiles, de la lógica de la guerra sin fin: el rechazo formal de la primacía en la doctrina estratégica, la reapertura de la diplomacia con Rusia y Bielorrusia, un alto el fuego estrictamente definido con los hutíes que sirvió a los intereses concretos de Estados Unidos y un desafío verbal incipiente a la cultura bipartidista del conflicto permanente. Demuestran que es posible una política exterior diferente.
Pero los acontecimientos de los últimos días revelan lo fácil que es dar marcha atrás en esos logros. Los anuncios de que hubo un ataque de Estados Unidos en territorio venezolano (sin verificar y sin explicar) señalan un retorno a los hábitos que definieron la era posterior a la Guerra Fría: el unilateralismo y la normalización de actos que equivalen a una guerra.
La contradicción es ahora explícita. Un gobierno que supuestamente habla el lenguaje de la moderación actúa sin transparencia. Un Congreso que no afirma su autoridad constitucional no logra detener la escalada. Y se espera que el público, condicionado desde hace tiempo a aceptar la intervención como algo inevitable, vuelva a aceptar la acción militar que se lleva a cabo en su nombre, pero sin su consentimiento.
En el hemisferio occidental, esta trayectoria conlleva un peligro especial. La intervención estadounidense en la región siempre causa una mayor inestabilidad. El camino que está tomando ahora solo puede generar una nueva crisis, que amenaza a Venezuela y la estabilidad regional para eliminar el potencial de un nuevo paradigma de desarrollo y seguridad.
El mismo patrón se repite en otros lugares. En lo que respecta a Israel, el Presidente Trump abandona la opción de utilizar la influencia diplomática, en favor de una alineación incondicional, lo cual elimina los incentivos para la desescalada y ata a Estados Unidos a un conflicto perpetuo. En el caso de Irán, Washington ya ha actuado en función de las prioridades israelíes en lugar de sus propios intereses estratégicos.
El ataque con drones de Ucrania contra una residencia del Presidente de Rusia da una idea de hasta dónde están dispuestos a llegar los lunáticos de la OTAN para provocar una guerra contra Rusia.
Sin embargo, el futuro no está escrito.
El ministro de Asuntos Exteriores de Irán emitió una carta abierta a Trump, en la que deja en claro: “Para quienes estén dispuestos a ir donde nadie ha ido antes, hay una breve ventana de oportunidad. La fortuna favorece a los valientes, y se necesita mucho más valor para romper un ciclo vicioso que para simplemente perpetuarlo”.
Este no es un reto solo para presidentes o diplomáticos. Se aplica al público, a los ciudadanos que deben decidir si seguir siendo espectadores de la historia o subir al escenario para insistir en que el desarrollo, la cooperación, la diplomacia y la paz no son signos de debilidad, sino expresiones de un compromiso valiente con un futuro dirigido y más humano.
Ventanas como esta no permanecen abiertas indefinidamente. ¿Optarán finalmente los países de la OTAN angloamericana por romper con la era de la guerra sin fin?

