Por ALFONSO -FONCHI- TEJEDA

Entre la canción “Vamos a Hacerlo” de Wisin y Yandel, junto a Franco el Gorilla, y el grito cibaeño “vamo’haceile” hay diferentes propuestas de intención y de acción, mismas que están marcando algunas decisiones gubernamentales que apuntan hacia otra manera de tratar asuntos que, por la irresponsable tolerancia y supuesta conveniencia política, se han convertido en realidades que parecían inmutables.
Bajo el chantaje de “padre de familia”, la sociedad dominicana y de manera más irresponsable desde el Estado y sus distintas instancias, se creó una “casta” ! paradójica! constituida por pobres, convirtiéndose estos, desde entonces, en un poder intocable al que las autoridades temían enfrentar y los ciudadanos -víctimas-, aceptaban por una solidaridad mal entendida.
Causas primarias de esa realidad es la economía que tiene como rasgo principal una informalidad de casi un 60 por ciento, una desigual y perversa inequidad en la distribución de los bienes y dotación de servicios, particular en la educación, anotada esta por su incidencia transversal en la sociedad, que en el país se expresa en niveles tan bajos y precarios que permea la mínima relación social, el comportamiento en la calle.
Sin que responda, por ahora, a una propuesta de conjunto -que es a la que debe conducir-, ministerios como el de Interior y Policía y el de Obras Públicas, han tomado decisiones que apuntan hacia, por lo menos, a atencionar realidades que, por esa especie de «laissez faire, laissez passer” traban el avance de proyectos de beneficios colectivos y provocan situaciones incómodas.
La regulación dispuesta y mantenida, pese a las críticas, por la ministra de Interior y Policía sobre el horario de cierre de los colmados ha reportado más beneficios a la sociedad, liberándola de ruidos innecesarios y de otros agravantes, que las ganancias económicas que pueden alcanzar esos negocios a partir de la medianoche, hora limitada para operar.
Igual ocurre con la ya impostergable decisión del ministerio de Obras Públicas, que, tras largas discusiones y negociaciones, asumió la responsabilidad de desalojar a buhoneros y otros negociantes del kilómetro 9 de la autopista Duarte, en Santo Domingo, que con su presencia en el espacio dificultaban los trabajos de remodelación en esa área, obra de ampliación que impactará el mayor flujo de movilidad vehicular en el país.
Sin privilegios como el otorgado a un empresario del transporte y senador, al que dejaron instalado en el kilómetro 9, en el anunciado operativo de regulación del pago del servicio eléctrico en los barrios de la capital, las empresas eléctricas deben cobrar las tarifas correspondientes a cada cliente que use la energía, pero también tienen la responsabilidad administrativa y el requerimiento moral de afectar a todos los consumidores, sin importar su tamaño.
Y es que el propósito final, y deseado, de esas acciones debe ser el evitar el derroche de emociones que alude la canción de Wisin, Yandel y Franco el Gorilla, y tener muy en cuenta el sentido de disposición, esfuerzos y coraje que con tantos entusiasmos y esperanzas gritan los autores del “vamo’ haceile”.

