Este gobierno ha tenido el descaro de hacerle una nueva concesión grado a grado a AERODOM, después de traspasada esta empresa a la principal corporación privada operadora de servicios aeroportuarios a escala mundial, sin vencerse la anterior. Le faltan 7 años y le concedieron 30 más.
Solo en tasas aeroportuarias, la concesión que se está renovando al vapor ha reportado ingresos a esa empresa por más de US$670 millones en 10 años de los 23 que lleva de vigencia. Los otros 10 años no están contabilizados.
En el contrato adicional, el compromiso de inversión de US$ 830 millones en infraestructura para ampliar la capacidad de tráfico de pasajeros y suplir la demanda turística bien pudo ser gestionado por el Estado dominicano con otras fuentes de financiamientos y pasar a recuperar un área de alta rentabilidad, de gran valor estratégico e importante para la seguridad del Estado.
Todo esto tiene un fuerte olor a tráfico de influencia desde un Estado donde los grandes capitales privados vinculados al turismo dominan las principales funciones ejecutivas y legislativas del Estado, incluida la presidencia de la república y el ministerio de Turismo.
En esta descarada determinación de corte neoliberal y neocolonialista interviene el interés de la reelección y la inmediata obtención de dólares frescos en circunstancias de penuria presupuestaria y altos niveles de endeudamiento externo y déficit fiscal. Resalta en esa dirección el adelanto de tributos por US$ 775 millones de AERODOM al Gobierno, lo que tiene pinta de soborno maquillado.
La velocidad y la forma atropellante de la aprobación congresual está a tono con su carácter de trampa en favor del gran capital transnacional y de las elites capitalistas que han asaltado el Estado para completar el proceso de privatización del patrimonio nacional, que es una modalidad de robo a los contribuyentes y apropiación abusiva de la madre naturaleza.
La borrachera mercadológica le impide a Abinader percibir el lodo que lo embarra como presidente-candidato en una competencia espuria en la que la única ventaja que le asiste es la podredumbre que corroe la oposición electoral.
La derrota estratégica traspasará el 2024 y arrasará con todos. No hay que desesperarse, pero si apurar el paso de la rebeldía contra un sistema que da asco y merece ser tirado al basurero.

