{"id":65668,"date":"2024-01-08T00:46:14","date_gmt":"2024-01-08T04:46:14","guid":{"rendered":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/?p=65668"},"modified":"2024-01-08T00:46:14","modified_gmt":"2024-01-08T04:46:14","slug":"y-el-tiempo-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/2024\/01\/08\/y-el-tiempo-2\/","title":{"rendered":"Y el tiempo&#8230;"},"content":{"rendered":"<p>La frialdad del cristal de la ventana, en el rostro\u2026 Eso es justo lo primero que percibo. Mi cabeza junto al cristal de la ventana y una leve molestia en el cuello. Debo haberme quedado dormido. Aparto el rostro del cristal e inicio un breve masaje en mi cuello con la mano. Luego consigo mirar hacia afuera. Veo el paisaje est\u00e1tico, verde, aunque la hierba inicia ya a secarse. Un paisaje en que el mundo es redondo. El cielo est\u00e1 por todas partes. Extra\u00f1a semicircunferencia, infinitud, sin ninguna se\u00f1al de vida. Ni una construcci\u00f3n. Nada. Solo hierba, cielo, sol. Toco entonces el cristal, con apenas la punta de los dedos. Vuelvo a sentir la frialdad, que contagia de manera inmediata a todo mi cuerpo. All\u00e1 afuera debe hacer calor. Y entonces el paisaje pareciera ponerse en marcha. O soy yo, ese lugar en que estoy contenido y que es quiz\u00e1 (trato de encontrarle una l\u00f3gica al movimiento) un medio de transporte. Si es de tal modo, entonces la ventana no debe ser ventana sino ventanilla. Por un instante me sorprende la torpeza de mi pensamiento, la incapacidad para percibir donde me encuentro, o por qu\u00e9 estoy obligado a observar tal espacio, de naturaleza detenida. La incapacidad para detectar sensaciones o incluso saber qu\u00e9 pudo ser antes, pasar antes, como cuando se despierta de una siesta larga y falla la noci\u00f3n del tiempo, y piensa uno que ya es otra ma\u00f1ana\u2026 \u201cEs eso\u201d, me digo, a lo mejor en la pretensi\u00f3n de calmarme, \u201cha sido largo el rato del sue\u00f1o, y tal la causa del embotamiento, pero ya voy a saber, a recordar\u201d. Sin embargo, no es as\u00ed. Intento entender y comienza a dolerme la cabeza. Todav\u00eda me queda el fr\u00edo del cristal en el cuerpo. Calmarme. Cierro los ojos y pienso en calmarme. Respiro despacio. Toco con la punta de los dedos el sitio en que me encuentro sentado. Es suave. Una tela suave. Terciopelo. Abro los ojos de nuevo, e intento identificar donde me hallo. Miro: terciopelo rojo, y un poco m\u00e1s all\u00e1 otro asiento similar. Un vag\u00f3n, podr\u00eda tratarse del vag\u00f3n de un tren\u2026 Por eso tal vez tengo tal sensaci\u00f3n de movimiento. Deber\u00eda levantarme, explorar, dar unos pasos para saber si estoy solo, si voy en un tren, \u00fanico pasajero \u2014no s\u00e9 por qu\u00e9 presiento entonces que soy el \u00fanico pasajero\u2014. Deber\u00eda levantarme y averiguar si voy o si vengo de d\u00f3nde o hacia d\u00f3nde, y preguntar, pues debe haber alguien capaz de responderme. Mas, pronto asumo que no lo har\u00e9. Me invade la inercia. Similar a esa inercia del paisaje afuera, el paisaje inmutable, en el cual ni siquiera una brisa trastorna los elementos\u2026 Sin sombras. Con el sol en la c\u00faspide. Vuelvo a mirar el paisaje, como si de pronto estuviese dentro de \u00e9l. Casi puedo sentir la hierba que se alarga hasta rozar la palma de mi mano. Pienso, y es una cuesti\u00f3n de instinto, que podr\u00eda hasta tocarla a ella, la mujer a menos de un metro de distancia. Asoma entonces mi lucidez para preguntarme c\u00f3mo lleg\u00f3 ah\u00ed, pues casi estoy seguro de que no se encontraba cuando mir\u00e9 antes: Una mujer de espaldas, inserta en el paisaje, parte de esa tierra donde el horizonte pareciera dilatarse para siempre. Una mujer, \u00fanico cambio en esa tierra tan carente de todo, con tanto olor a tierra. Extiendo la mano en la pretensi\u00f3n de alcanzarla, absurdo querer tocar a la mujer extra\u00f1a, que de repente vuelve su cabeza hacia m\u00ed, como si se hubiera percatado. Veo su rostro de perfil, pero no llego a tener la certeza de que ella me ha visto. Mientras, yo todav\u00eda alargo mi mano que tropieza con el cristal y mi cuerpo se estremece en una especie de escalofr\u00edo. Y el tiempo\u2026 El sol se mueve. Veo la sombra de la mujer sobre la tierra verde, la tierra amarilla. El tren se mueve y todo desaparece.<\/p>\n<p>Debo haberme quedado dormido. Debo haberme dormido con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, ventana o ventanilla. Me duelen la cabeza y el cuello. Aparto el rostro del cristal y muevo mi cuello hacia uno y otro lado, para tratar de aliviar la pesadez en la nuca. Miro as\u00ed hacia afuera sin propon\u00e9rmelo. Afuera es el paisaje de hierba verde amarilla, como si estuviera a punto de secarse\u2026 Un paisaje que me sorprende y, sin embargo, presiento conocido, aunque no intuyo por qu\u00e9, ni tampoco cu\u00e1ndo lo vi antes. Mi memoria recobra su olor, ese que s\u00e9 que debe tener, sin sentirlo. Hierba, c\u00e9sped mojado. De pronto, la preocupaci\u00f3n me asalta. Me doy cuenta de que no tengo claro en qu\u00e9 lugar me encuentro. No tengo nada claro. Ni la raz\u00f3n para tal paisaje ante mis ojos. O hacia donde me dirijo. S\u00ed, un autob\u00fas\u2026 Quiz\u00e1 viajo en un autob\u00fas \u2014reconozco el tipo de asientos\u2014 y en alg\u00fan momento me qued\u00e9 dormido, por eso la confusi\u00f3n, el embotamiento, la incapacidad para recordar, incluso si tal situaci\u00f3n se me hace conocida.<\/p>\n<p>Me recorre un escalofr\u00edo al notar que el paisaje no cambia, no se mueve. Incluso si el autob\u00fas pareciera estar en movimiento. Me recorre un escalofr\u00edo al percibir a trav\u00e9s del cristal una silueta, all\u00e1 afuera, la silueta de una mujer de espaldas, a unos metros, de una mujer que se integra en el paisaje. La aparici\u00f3n repentina, sin embargo, despu\u00e9s de la impresi\u00f3n primigenia, me calma, cual una presencia familiar. Debo entonces preguntarme si la he visto antes, o d\u00f3nde. C\u00f3mo saberlo. La mujer de espaldas viste de blanco, y su piel se transluce bajo el vestido. Mis ojos se detienen en sus brazos, unos brazos delgados, largos. Su piel\u2026 La mujer extra\u00f1a me resulta de repente conocida. A lo mejor ya la he visto justo en este paisaje. Pero no, no es posible. No recuerdo el paisaje ni nada parecido. Solo recuerdo si acaso la sensaci\u00f3n, como en un d\u00e9j\u00e0 vu<em>. <\/em>Entiendo que\u2026 Las palabras est\u00e1n ah\u00ed, las ideas, pero ning\u00fan rastro de nada anterior a este momento. No. A lo mejor es solo que ya la he visto antes, s\u00ed, pero en alg\u00fan momento de mi historia. La cabeza llega a dolerme al pretender recordar. Una mujer. Una mujer. Una mujer. Siempre la misma, en ese prado, un tanto agreste en la quietud sin sombras, sin que transcurra el tiempo. Tengo la sensaci\u00f3n de que llevo aqu\u00ed desde siempre. Como si la vida entera pudiera resumirse a esto, a mirar una mujer, sin saber de un antes o despu\u00e9s. Una mujer de espaldas y yo que la miro\u2026<\/p>\n<p>Despierto con dolor de cabeza sin entender muy bien donde me hallo. Miro a mi alrededor para intentar ubicarme. Palpo la superficie en que me encuentro sentado. Frente a m\u00ed percibo un cristal, enorme cristal. Quiz\u00e1 me qued\u00e9 dormido de cara a la terraza. Eso debe ser. Tengo la vista borrosa. Me quito los espejuelos, los limpio. Afuera est\u00e1 el jard\u00edn, paisaje verde amarillo, que se extiende sin que se perciba donde acaba. Un paisaje que creo conocer de antes. S\u00ed, lo he visto antes, siempre, y, sin embargo, me resulta a la par un tanto ajeno, como si ya no formara parte de \u00e9l. Nada en este se mueve, la luz no cambia. La luz llega a molestarme en los ojos. Y el cristal, el l\u00edmite de la pecera en un acuario. Solo que no s\u00e9 qui\u00e9n est\u00e1 dentro de la pecera, si ese jard\u00edn, o yo. La situaci\u00f3n se me antoja absurda, violenta\u2026 No entiendo qui\u00e9n soy, o qu\u00e9\u2026 Mis manos se desprenden de la m\u00e1quina de escribir. Quiero tocar el cristal con mis manos. Tapar con mis manos la visi\u00f3n que me ofrece. Me agobia el dolor profundo en las sienes. Mis manos se desprenden del cristal y entonces, est\u00e1 ah\u00ed, otra vez\u2026 Hierba, cielo, sol, una mujer vestida de blanco, con los brazos desnudos y el horizonte. La l\u00ednea del horizonte se extiende m\u00e1s all\u00e1 de todo lo imaginable\u2026 Quiero saber c\u00f3mo lleg\u00f3 ah\u00ed, c\u00f3mo llegu\u00e9. Es todo. Quisiera saber. Debo haberme quedado dormido. La siesta tiene a veces tales dosis de amnesia. Quiero entender qui\u00e9n, por qu\u00e9\u2026 A lo mejor todo es muy simple y me encuentro donde siempre deb\u00ed estar y la sensaci\u00f3n de extra\u00f1amiento es en definitiva muy absurda. Quiz\u00e1 esa mujer forma parte de mi vida, de alg\u00fan modo, de mi espacio cotidiano. La mujer\u2026 Pienso que si me esforzara un poco tal vez podr\u00eda tocarla. La hierba roza la palma de mi mano y el olor a tierra penetra en mis pulmones. La mujer permanece de espaldas y me digo que ser\u00eda bueno conocer su nombre, llamarla, tocar\u2026 La mujer vuelve su rostro hacia m\u00ed. Me mira a trav\u00e9s del cristal, pero no me ve, s\u00e9 que por alg\u00fan motivo no puede verme. Un escalofr\u00edo recorre mi espalda. Comprendo. Tengo, supongo, una epifan\u00eda. A lo mejor debo estar muerto y este es mi \u00faltimo recuerdo, la \u00faltima imagen, que conserva mi retina, sin que importe qui\u00e9n fui.<\/p>\n<p>Tengo miedo. Quiz\u00e1 estoy muerto. O peor, quiz\u00e1 vivo, solo vivo para observar esa imagen como en un acuario. No. Debo ser yo quien habita la pecera y lo \u00fanico que prolonga mi existencia en este tiempo es la extra\u00f1a noci\u00f3n de una mujer suspendida en un paisaje que no puede cambiar.<\/p>\n<hr \/>\n<p><strong>Barbarella D\u00b4Acevedo <\/strong>(La Habana, 1985). Escritora, profesora y editora. Teatr\u00f3loga, graduada del ISA y del Centro de Formaci\u00f3n Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la Uni\u00f3n Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Obtuvo Premio de la Ciudad de Holgu\u00edn en Narrativa (2022), Hermanos Loynaz en Literatura infantil (2021), XIX Certamen de Poes\u00eda Paco Moll\u00e1 2020 (Espa\u00f1a), La Gaveta (2020), Bustos Domecq (2020), Menci\u00f3n Especial en Premio Iberoamericano Rubin de Novela 2021, Beca de creaci\u00f3n Caballo de Coral (2018), y Beca de creaci\u00f3n El reino de este mundo por el disco de poes\u00eda Discurso de Eva (PM records). Ha publicado <em>M\u00fasicos Ambulantes<\/em> (2021), <em>El triunfo de Eros<\/em> (2022) y <em>Blanco y azul<\/em> (2022) con Editorial Primigenios (Miami), <em>Basilio y el deseo<\/em> (DMcPherson Editorial, Panam\u00e1, 2022), <em>\u00c9rebo<\/em> (Aguaclara Libros, Espa\u00f1a, 2022), <em>El triunfo de Eros<\/em> (Editorial \u00c1cana, 2022), <em>Habana pulp mission<\/em> (Ediciones Solaris, Uruguay, 2022), <em>Los sufrimientos del joven Bela<\/em> (El Faro Editores, 2022), <em>Marea roja<\/em> (Ediciones Arroyo, Argentina, 2022), <em>Tren para Salinger<\/em> (Ediciones Loynaz, 2022), <em>La casa, el mundo y el desierto<\/em> (Ediciones Hur\u00f3n Azul, Espa\u00f1a, 2023), entre otros m\u00e1s.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La frialdad del cristal de la ventana, en el rostro\u2026 Eso es justo lo primero&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":65671,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[59],"tags":[],"class_list":["post-65668","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-revista-antillana"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/65668","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=65668"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/65668\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/media\/65671"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=65668"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=65668"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=65668"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}