{"id":64713,"date":"2024-03-04T00:17:59","date_gmt":"2024-03-04T04:17:59","guid":{"rendered":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/?p=66477"},"modified":"2024-03-04T00:17:59","modified_gmt":"2024-03-04T04:17:59","slug":"las-piezas-de-la-memoria","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/2024\/03\/04\/las-piezas-de-la-memoria\/","title":{"rendered":"Las piezas de la memoria"},"content":{"rendered":"<p>Mi abuelo siempre me dio buenos consejos: \u00abaprende a hacer todo lo que puedas, una mujer independiente siempre es bien valorada\u00bb. Por eso nunca se enfad\u00f3 cuando, de puntillas para no molestarlo, me escabull\u00eda en su taller ubicado en el patio detr\u00e1s de la casa, me sentaba en un banquito de madera que \u00e9l mismo me construyese, y observaba c\u00f3mo le devolv\u00eda el tic-tac a los relojes.<\/p>\n<p>Le llegaban desde todas partes de La Habana: Santa Fe, 10 de octubre, La V\u00edbora, Vedado, o Habana del Este; la recomendaci\u00f3n boca-a-o\u00eddo de un cliente satisfecho corr\u00eda r\u00e1pido en los 90\u00b4. Tambi\u00e9n mi abuelo era popular porque no cobraba caro por sus servicios. Era pleno Per\u00edodo Especial y \u00e9l siempre dec\u00eda que, como nosotros, las dem\u00e1s familias tambi\u00e9n requer\u00edan dinero para comer y resolver sus problemas, que ya eran demasiados. Sin embargo, necesitaban sus relojes: para venderlos, usarlos, regalarlos, dejarlos de herencia, bautizos de metal, inscripciones de amor, de odio, de ternura, maldiciones, bendiciones y hasta estampitas diminutas de la Virgen del Cobre escondidas en la tapa de viejos artefactos de bolsillo.<\/p>\n<p>Entraban al taller en los m\u00e1s dis\u00edmiles grados de desgaste, destrucci\u00f3n, descuidos, ahogados en aguaceros imprevistos o porque, simplemente, ya no deseaban volver a funcionar. Pero mi abuelo era un mago de la mec\u00e1nica, genio oculto entre mortales que, con modestia, reservaba su conocimiento de erudito para las horas que pasaba trabajando en su taller.<\/p>\n<p>Desde el banquito de madera lo vi hacer milagros: limpiaba las piezas con ternura, las colocaba una sobre otras con pinzas y la ayuda indispensable de una lupa que agrandaba sus ojos pardos hasta volverlos hermosos como los de un gato. No obstante, por encima de todo, mi abuelo escuchaba a los relojes. Les susurraba, les soplaba de su propio aliento. Y los mecanismos estropeados respond\u00edan, presurosos en despertar, en disculparse, en acudir de nuevo a la vida, a las mu\u00f1ecas, bolsillos, o sujetos en las leontinas de sus due\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00c9l dec\u00eda que los relojes estaban vivos y guardaban pedazos de las personas que los usaban. No cosas f\u00edsicas, como una raspadura de piel o una astilla de u\u00f1a, sino algo inmaterial. Recuerdos enredados en los engranajes diminutos, suspiros, gestos, miradas, saludos, trazos de personalidades, en cada vuelta de la corona, en cada tic, en cada tac, se almacenaban todo cuanto era un ser humano, puesto que el coraz\u00f3n era como un reloj gigante, rojo, r\u00edtmico en su forma \u00fanica que contaba los segundos, minutos y horas de la vida.<\/p>\n<p>\u00abCon ver el interior de un reloj, sabr\u00e1s el interior de quien lo usa\u00bb, me dijo un d\u00eda en que trabajaba en un Perrelet que hab\u00eda tenido mejores momentos.<\/p>\n<p>Por supuesto, mi abuelo tambi\u00e9n ten\u00eda su reloj. Un Breguet que nunca se hab\u00eda atrasado ni un segundo, como tampoco jam\u00e1s hab\u00eda sido abierto. Una verdadera joya de colecci\u00f3n que podr\u00eda valer millones en cualquier moneda del mundo. Si alg\u00fan timador siquiera imaginase lo que mi abuelo llevaba siempre en la mu\u00f1eca izquierda, de seguro le habr\u00eda cortado el brazo para tener ese pedacito de fortuna. Recuerdo que mi mam\u00e1 le pregunt\u00f3 una vez c\u00f3mo lo hab\u00eda conseguido.<\/p>\n<p>\u00abNo lo rob\u00e9\u00bb, hab\u00eda sonre\u00eddo \u00e9l. \u00abVamos a decir que siempre estuvo conmigo.\u00bb<\/p>\n<p>Y no volvi\u00f3 a tocarse el tema del Breguet.<\/p>\n<p>Cuando mi abuelo falleci\u00f3 a causa de un infarto, fue ag\u00f3nico. Contemplar c\u00f3mo act\u00faa la muerte es algo a lo que ning\u00fan ser humano deber\u00eda exponerse. Y si alguien osa alguna vez decir que se supera la p\u00e9rdida, que se disuelve, que el dolor terminar\u00e1, es mentira. No se va, simplemente, se acurruca en nuestros pechos y se duerme, para despertar ante los m\u00ednimos e irrelevantes sucesos cotidianos que puedan ocurrir en cinco minutos, cien horas, meses, a\u00f1os, peque\u00f1os gatillos traicioneros que disparan el recuerdo del agujero, del vac\u00edo que acecha en nuestro interior y que alguna vez alguien lo ocup\u00f3.<\/p>\n<p>Mi abuelo falleci\u00f3 y se llev\u00f3 todo con \u00e9l, incluso un pedazo de la familia, menos el Breguet, que mi mam\u00e1 dej\u00f3 guardado en un caj\u00f3n hasta que tuviese el valor suficiente de ver correr las manecillas sin llorar.<\/p>\n<p>Muchos clientes regresaron a recoger sus relojes que mi abuelo dej\u00f3 en el taller. Arreglados, a medio desarmar, con soluci\u00f3n futura desconocida. Otros los olvidaron, porque se navegaba el 2006 y la situaci\u00f3n econ\u00f3mica del pa\u00eds ya no era la misma, hab\u00edamos levantado un poco la cabeza y exist\u00edan reemplazos baratos, de pl\u00e1stico, de pilas, desechables, hijos del consumismo y ya casi nadie ten\u00eda tiempo para los antiguos relojes autom\u00e1ticos cuyo mago ya no exist\u00eda. El taller detr\u00e1s de la casa se cerr\u00f3 y de manera espor\u00e1dica se iba all\u00ed a guardar cosas que estorbaban en la casa.<\/p>\n<p>Entr\u00e9 de nuevo, a\u00f1os despu\u00e9s, a buscar un destornillador, porque mi computadora se negaba a funcionar. Y escuch\u00e9 los d\u00e9biles, dispares, tic-tacs. Al inicio cre\u00ed que se trataba de mi propio reloj, un Orient autom\u00e1tico que comprara despu\u00e9s de mucho ahorrar. Pero los sonidos eran varios. Ahogados, como si pidiesen ayuda, encerrados en el cautiverio del olvido.<\/p>\n<p>Los encontr\u00e9 dispersos en gavetas llenas de polvo, telara\u00f1as y criaderos de cucarachas. Relojes rotos, sin abrir, desgastados, sin brillo. Las manecillas no se mov\u00edan, pero los escuchaba. Descansaban sobre montones de piezas diminutas dispersas en cajas de cart\u00f3n, de pl\u00e1stico. El material con el que una vez trabaj\u00f3 mi abuelo me susurraba, me suplicaba.<\/p>\n<p>Y los escuch\u00e9 con atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>La tarea fue dif\u00edcil. No ten\u00eda suficiente para construirlo, as\u00ed que recurr\u00ed a la agenda de mi abuelo para encontrar las direcciones y los tel\u00e9fonos de sus antiguos clientes. Algunos lo hab\u00edan olvidado, como puede suceder con algo que consideren prescindible. Otros, sin embargo, me escucharon. Creyeron que era una artista de avant-garde enfrascada en un proyecto digno de mi juventud, o simplemente, pensaba retomar el negocio de relojer\u00eda. Muchos de esos clientes me hab\u00edan visto en el taller, sentada en el banquito de madera, observando con avidez c\u00f3mo mi abuelo trabajaba con dedicaci\u00f3n. As\u00ed que me regalaron los relojes que una vez \u00e9l toc\u00f3 con sus manos de dedos \u00e1giles y sopl\u00f3 en ellos su sabidur\u00eda de mago.<\/p>\n<p>\u00abS\u00ed, ll\u00e9vate ese trasto. De todas formas, nadie ha podido volverlo a echar a andar\u00bb, me dec\u00edan.<\/p>\n<p>Pero yo aceptaba las piezas con cari\u00f1o, las escuchaba alegrarse de estar conmigo, de servir para algo m\u00e1s grande, de reunirse con sus hermanas. Durante el proceso, no dej\u00e9 que nadie de mi familia se acercara al taller. Trabajaba durante las noches y echaba el cerrojo cuando me marchaba. Al inicio las manos me dol\u00edan por la tarea de encajar unos con otros con ayuda de una pinza, los engranajes diminutos. Deb\u00eda ser cuidadosa, porque si colocaba una pieza fuera de lugar, despu\u00e9s no iba a obtener ning\u00fan resultado. Tendr\u00eda que desmontar y volver a escuchar para interpretar de forma correcta.<\/p>\n<p>De esa manera constru\u00ed, sentado en la silla de trabajo, con las piezas de los relojes a los que una vez anim\u00f3, una r\u00e9plica de mi abuelo. Tuve que solicitar a torneros, fundidores de metal y joyeros que me construyesen engranajes m\u00e1s grandes para conformar el esqueleto. Trasladarlos a casa, escondidos en una mochila, no fue sencillo, pero logr\u00e9 mantener mi trabajo en anonimato. Su cabeza, compuesta por ruedas tan peque\u00f1as y apretadas que parec\u00edan metal pulido, la molde\u00e9 sin necesidad de fijarme por una fotograf\u00eda. En secreto desarm\u00e9 el Seiko de mi mam\u00e1, mi Orient, y los insert\u00e9 en su cerebro, porque mi abuelo no era solo \u00e9l, sino tambi\u00e9n los recuerdos que los vivos guard\u00e1bamos de su persona.<\/p>\n<p>Cuando termin\u00e9, sent\u00ed que algo faltaba. Mi abuelo no despertaba. Su cuerpo estaba en silencio, como todos esos a\u00f1os que permaneci\u00f3 deshecho en gavetas y en las casas de los clientes. Entonces, me fij\u00e9 en el agujero que ten\u00eda en el pecho. Regres\u00e9 a casa corriendo y recuper\u00e9 el Breguet de la gaveta. A\u00fan despu\u00e9s de tanto tiempo, continuaba funcionando. No estaba atrasado ni un segundo. Para cuando regres\u00e9 al taller, mi mam\u00e1 hab\u00eda descubierto qu\u00e9 ocupaba mis noches, me causara ampollas en los dedos, y lograba que la mayor\u00eda de las veces respondiese con un sistema complicado de gru\u00f1idos y medias palabras.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfQu\u00e9 haces?\u00bb, pregunt\u00f3, at\u00f3nita. \u00ab\u00bfArte vanguardista en memoria de tu abuelo?\u00bb<\/p>\n<p>No respond\u00ed, porque no culminaba mi trabajo. Cuando abr\u00ed el Breguet, mi mam\u00e1 ahog\u00f3 un grito. Iba a decirme algo, seguro relacionado con que hab\u00eda arruinado lo \u00fanico que iba a darnos mucho dinero como ca\u00eddo del cielo y nos iba a hacer la existencia m\u00e1s llevadera, pero guard\u00f3 silencio mientras encajaba el Breguet en el agujero del pecho de mi abuelo.<\/p>\n<p>De inmediato, el cuerpo fabricado con mecanismos de relojer\u00eda ech\u00f3 a andar. El tic-tac del Breguet se multiplic\u00f3 con la sutileza de un suspiro. Avanz\u00f3 desde el centro del pecho hasta la punta de los pies, los brazos, la cabeza, con sus montones de piezas diminutas que de repente fueron carne met\u00e1lica m\u00f3vil. Mi mam\u00e1 y yo nos sostuvimos las manos. Ella, como yo, lo escuch\u00f3.<\/p>\n<p>Mi abuelo-reloj movi\u00f3 los dedos de las manos como si buscase sus instrumentos de trabajo, los p\u00e1rpados hechos de carcasas deslustradas se abrieron para enfocarnos con ojos compuestos de cientos de min\u00fasculos rub\u00edes, y sonri\u00f3.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<hr \/>\n<p><strong><span class=\"fontstyle0\">Malena Salazar Maci\u00e1 <\/span><\/strong><span class=\"fontstyle2\">(La Habana, 1988). Graduada del Centro de Formaci\u00f3n Literaria Onelio Jorge Cardoso en el 2008. Ganadora del premio David 2015 de Ciencia Ficci\u00f3n convocado por la Uni\u00f3n Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, premio Calendario 2017 categor\u00eda Ciencia Ficci\u00f3n y del premio de novela HYDRA 2019, convocado por la revista Juventud T\u00e9cnica, (Ed. Abril, 2019). Por igual obtiene el premio La Edad de Oro 2019 en la categor\u00eda Ciencia Ficci\u00f3n, y el premio Luis Rogelio Nogueras 2019, en la categor\u00eda de literatura infantil, del Instituto Provincial del Libro de La Habana. Adem\u00e1s es galardonada con la Beca de Creaci\u00f3n La Noche, 2019, categor\u00eda de literatura infantil, otorgada por la Asociaci\u00f3n Hermanos Saiz.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>\u00abLs piezas de la memoria\u00bb fue antologado en el Vol.5 de <em>Contaminaci\u00f3n Futura<\/em> de MIG21 Editora y publicado en <em>4Star Stories, <\/em>traducido al ingl\u00e9s por Toshiya Kamei, que tambi\u00e9n lo hace al japon\u00e9s para ser incluido en la revista <em>Sci Fire.<\/em><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mi abuelo siempre me dio buenos consejos: \u00abaprende a hacer todo lo que puedas, una&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":64714,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[59],"tags":[],"class_list":["post-64713","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-revista-antillana"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/64713","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=64713"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/64713\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/media\/64714"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=64713"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=64713"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldiarioantillano.com\/uno\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=64713"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}