Home ING. ERICK SARANTE La hegemonía invisible: por qué EE. UU. no puede apartarse de Eurasia

La hegemonía invisible: por qué EE. UU. no puede apartarse de Eurasia

by Redacción

Por ING. ERICK SARANTE
Especialista en Seguridad e Inteligencia de Riesgos | Experto en Geopolítica | MBA
Máster en Defensa y Seguridad Nacional | Asesor Estratégico | Escritor | Poeta

 

La hegemonía del siglo XXI no se mide por kilómetros cuadrados bajo ocupación militar. Se mide por influencia, por el movimiento de los flujos que sostienen la economía mundial y por quien define las reglas del juego.

Ante la guerra en Ucrania, la competencia con China y el ascenso de actores con mayor autonomía como India o Turquía, surge una pregunta insistente: ¿por qué Estados Unidos no se retira de Eurasia? La respuesta no está en las tropas desplegadas, sino en la geografía y en la historia del poder.

Hace más de un siglo, el geógrafo Halford Mackinder explicó que quien dominara el corazón de Eurasia (el llamado Heartland) tendría la llave para influir en el resto del mundo. Zbigniew Brzezinski amplió esa idea décadas después: para Estados Unidos, evitar que una sola potencia o coalición tome el control de ese continente no es una elección política. Es un imperativo de seguridad nacional. Si un solo actor domina Eurasia, Estados Unidos deja de ser la principal referencia global.

Lo que ha cambiado es la forma de ejercer ese control. Las grandes ocupaciones militares del pasado han dado paso a lo que podemos llamar hegemonía en red. No se trata de gobernar cada territorio, sino de mantener influencia sobre todo lo que lo mantiene conectado.

Funciona sobre tres pilares:

Primero: alianzas modulares. Con estructuras como la OTAN ampliada, AUKUS o el Quad en Asia, Estados Unidos coordina, respalda y da dirección, pero no asume toda la carga de la defensa. Los socios aportan presencia y compromiso (Washington aporta respaldo militar, tecnológico y diplomático). Es un sistema de apoyo compartido.

Segundo: puntos críticos. No ocupa el suelo, pero mantiene influencia sobre los accesos marítimos, el espacio, las redes de comunicación y las rutas fundamentales. Quien controla esos puntos (estrechos, pasos, cables submarinos) puede condicionar lo que ocurre en tierras lejanas.

Tercero: poder tecnoeconómico. Hoy la influencia también se ejerce mediante controles de exportación, alianzas comerciales selectivas y decisiones sobre qué países reciben inversión o tecnología. Las sanciones, el enfoque de cadenas de suministro con aliados y el liderazgo en sectores clave funcionan como herramientas de influencia sin que un soldado tenga que cruzar una frontera.

El riesgo ya no se limita a la invasión militar directa. Lo que está en juego ahora incluye la fragmentación tecnológica, la reorganización de las cadenas de suministro y la capacidad de cada país para mantener su posición sin quedar atado a un solo bloque. Entender esta «hegemonía invisible» es la clave para comprender la volatilidad que vivimos.

La pregunta no es si Estados Unidos se irá de Eurasia. Geopolíticamente, no puede permitirse hacerlo. La pregunta real es: ¿podrá mantener este modelo de influencia ante potencias que construyen sus propias redes y ante regiones que, como el Sur Global, buscan caminos propios fuera de los marcos tradicionales?

No se trata de quién gana hoy. Se trata de quien entiende primero las reglas del juego nuevo. Y quien entienda, tendrá la ventaja.

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