Por HELGA ZEPP-LAROUCHE
Cuando uno considera en su conjunto la encíclica y los discursos del Papa en España, vemos que representan todo un desafío a la agenda política del Occidente liberal en su conjunto, y lo hace con una claridad que debería impulsar a todos los políticos que han jurado, al asumir un cargo, servir al bien común (sobre todo aquellos cuyos partidos llevan la palabra ‘cristiano’ en su nombre) a dar un giro radical a sus políticas.
Entre los varios aspectos de estas políticas, todas las cuales son elementos esenciales de la nueva Torre de Babel, está la idolatría a las ganancias a expensas de los más pobres, los intereses financieros que alimentan las tensiones y los conflictos para mantener andando a la industria de la guerra, y el apoyo a las formas modernas de la esclavitud, donde el trabajo infantil es rutina y la salud de los adolescentes es sacrificada en aras de las ganancias de una clase alta cuyos hábitos de consumo se habrían considerado otrora extravagantes, mientras que los pobres carecen de lo más básico. Esto también incluye a las nuevas formas de colonialismo que esclavizan no solo los cuerpos de las personas, sino también los datos e información sobre ellos, desde el historial médico hasta perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos.
La encíclica hace la observación de que vivimos en un tiempo de una ceguera intelectual y cultural considerable, y que una forma de nihilismo histórico alimenta la ilusión de «que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse, que las atrocidades del siglo XX no pueden ocurrir otra vez». Pero en realidad, está resurgiendo la misma dinámica bajo nuevas formas… En muchos países, incluso en el Sur global, el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas. Mientras tanto, el verdadero costo recae sobre los más pobres, que ven reducirse los recursos destinados a la salud, a la educación y a los servicios sociales».
El Papa León cita la encíclica del Papa Pío XI, Quadragesimo Anno, que condena la concentración de poder económico en manos de pocos, y hace referencia al Papa Pablo VI que advirtió sobre los peligros que entraña un progreso científico, tecnológico y económico extraordinario si no va acompañado del correspondiente progreso ético y social.
Esto en particular se aplica a la inteligencia artificial (IA), cuya evaluación y crítica constituyen el tema central de la encíclica. Partiendo del debate, que se remonta a varias décadas, sobre si las computadoras podrían superar algún día la creatividad humana, explica el renovado debate en torno a la IA:
«99. No es posible dar una definición única y completa de la IA. Sin embargo, lo que podemos decir es que debemos evitar el equívoco de equiparar este tipo de ‘inteligencia’ con la de los seres humanos. Estos sistemas solo imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y en capacidad de cálculo, lo que ofrece beneficios concretos en numerosos campos. Sin embargo, esta capacidad sigue ligada totalmente al procesamiento de datos. Las llamadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no sienten alegría o dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral, ya que no juzgan el bien y el mal, no captan el significado último de las situaciones ni asumen la responsabilidad por las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos y habilidades analíticas; o incluso simular empatía y comprensión, pero no comprenden lo que producen, porque carecen de la perspectiva afectiva, de relación y espiritual por medio de la cual los seres humanos crecen en sabiduría. Incluso cuando estas herramientas se presentan como capaces de ‘aprender’, la manera en que lo hacen es diferente a la de la persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad. Es más bien una forma de adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior».
El Papa León XIV argumenta desde la perspectiva de la tradición agustiniana, según la cual no tiene por qué existir una contradicción entre la fe y el conocimiento, y cita al Papa Francisco, quien «reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar un debate serio y honesto entre los expertos, y acoge con beneplácito la diversidad de opiniones».
El derecho a no tener que emigrar
Sin embargo, según el periódico italiano La Verità y el francés Le Figaro, los medios liberales fueron menos honestos, ya que, según los informes, ofrecieron una reseña bastante incompleta de los discursos del Papa en España; solo se hacía referencia a sus llamados a acoger e integrar a los refugiados, pero omitían las partes en las que el Papa defendió el derecho de la gente a no tener que emigrar y destacó la necesidad de abordar las causas de fondo de que tuvieran que hacerlo.
«La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. El trágico drama migratorio también interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos». (4)
Luego él hizo citas de su encíclica Magnífica Humanitas:
«81. Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales. El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad. El Papa Francisco invitaba a reconocer en los migrantes no simplemente un problema a resolver, sino ‘una imagen viva del Pueblo de Dios en camino’; [109] personas con dignidad, recursos y sueños, que tienen derecho a ser tratadas con respeto y piden la oportunidad de poder formar parte activa de las sociedades que las reciben. La justicia social, en este campo, implica al menos dos compromisos complementarios. Por una parte, proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir, garantizándole vías seguras y legales, condiciones de acogida dignas y procesos reales de integración. Por otra parte, promover también el derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas y a la crisis climática. Cuando estos derechos son respetados, las migraciones pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos».
Un llamado a actuar
Los gobiernos occidentales son llamados por lo tanto a que aprovechen el llamado urgente del Papa León XIV como una oportunidad para deshacer de inmediato la inhumana política migratoria, y totalmente incompetente desde un punto de vista económico, tal y como se ha formulado en el Pacto de Migración de la Unión Europea. En cambio, hay que incluir en la agenda la cooperación en pie de igualdad con los países del Sur Global, con un compromiso firme de eliminar las causas profundas de la migración.
El derecho «a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad, abordando las causas profundas que obligan a migrar» es relativamente fácil de implementar si se cuenta con la voluntad política necesaria para hacerlo. Lo que necesitan las naciones de África, Asia, y Latinoamérica es una política de desarrollo industrial y agrícola genuina que tenga como propósito la realización plena de su potencial en beneficio de sus poblaciones. El Sur Global, que en realidad representa a la mayoría global de aproximadamente el 85% de la humanidad, está en proceso de dejar atrás 500 años de colonialismo y de implementar, sobre todo en cooperación con China, proyectos de infraestructura e inversiones en tecnología esenciales que le permitirán a estas naciones establecer cadenas de valor dentro de sus fronteras. En lugar de aferrarse a una mentalidad neocolonialista e inhumana, los gobiernos de Europa y de Estados Unidos están llamados a que se comprometan de inmediato con la cooperación internacional con el fin de erradicar por completo la pobreza y el subdesarrollo en todas las naciones del planeta.
Por ejemplo, para el año 2050, África tendrá una población de aproximadamente 2.500 millones de personas, mil millones más que hoy. Esto quiere decir que es del mejor interés tanto de África como de Europa, la creación de mil millones de empleos productivos en el continente africano durante los próximos 25 años. Aunque la mayoría de las demás regiones del mundo se enfrentan a proyecciones demográficas negativas, es necesario contar con programas eficaces para superar la pobreza en todas partes si se quiere evitar que se produzcan conflictos sociales entre la clase multimillonaria y los miles de millones de personas empobrecidas.
El Instituto Schiller ha elaborado programas de desarrollo concretos con este fin, en los que se explica cómo unos programas de inversión claramente definidos en infraestructura básica, producción y distribución de energía y comunicaciones pueden crear las condiciones necesarias para industrializar a las naciones del Sur Global; y cómo la cooperación entre los países del BRICS, las naciones industrializadas del Norte y los países en desarrollo, mediante empresas conjuntas, puede lograr el objetivo de abordar las causas fundamentales de la migración. (5) (6)
Esto satisfaría el llamado de la encíclica Populorum Progressio, según el cual la verdadera paz sólo puede alcanzarse mediante la justicia social y la superación de la desigualdad mundial, «cuya injusticia clama al cielo». Este llamado del Papa Pablo VI, en su encíclica —»El desarrollo es el nuevo nombre de la paz»— ¡es el imperativo urgente del momento!
En el discurso que pronunció ante el Parlamento español, el Papa León XIV, hizo un llamado precisamente a este tipo de colaboración:
«Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana». (4)
En su encíclica, que lleva el título de Magnifica Humanitas —»Magnífica Humanidad»—, un título que ciertamente puede ser considerado como programático, el Papa se refiere de manera bastante específica a los grandes ideales del pensamiento clásico griego, siguiendo de ahí la idea agustiniana de la armonía entre ese pensamiento y la revelación cristiana que implica que no tiene por qué haber contradicción entre la fe y el conocimiento. «23. La Iglesia considera compañeros de viaje a todos aquellos que buscan sinceramente ‘la verdad, la bondad y la belleza’, considerándolos ‘preciosos aliados’ [12] en la defensa de la dignidad de cada persona y en la custodia de la creación», escribe. En consonancia con este ideal de «la verdad, la bondad y la belleza», la encíclica define el arte y la cultura, cuando son auténticos, como un muro protector en contra de la «normalización de la maldad». Y cuán necesario es esto hoy para la sociedad humana contemporánea, en la que parecen dominar casi todo el llamado mundo del entretenimiento, unos fenómenos que en última instancia sólo pueden calificarse como satánicos. El Papa León le atribuye un «valor casi profético» a ciertas obras de arte, como la Novena Sinfonía de Beethoven, a las que caracteriza como «deseo de unidad».
Quizás la idea más importante sea que el Papa León, en memoria del Papa Pablo VI, hace un llamado a la creación de una «civilización del amor»:
«Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común. Como nos ha recordado la Carta Encíclica Fratelli tutti, sólo este amor social, capaz de convertirse en cultura y norma, puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de simple coexistencia armada en comunidad de destino». [186]
Debería llamar a la reflexión a toda la gente de las naciones del llamado «Occidente colectivo» —es decir, a la gente que viven en un sistema dominado por los valores liberales, que ha dado lugar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE por sus siglas en inglés) de Estados Unidos y al Pacto de Migración de la Unión Europea como respuestas a la crisis de los refugiados— que tanto la cabeza de la Iglesia Católica como el gobierno chino hayan llegado, en esencia, a la misma conclusión: que sólo la concepción de la humanidad Una como comunidad de destino compartido puede ser la base de la paz.
Notas
1) Magnifica Humanitas
2) El Papa León XIV en las Islas Canarias
3) «¡Nunca más la guerra!»: el grito inaudito y muy actual de Pablo VI
4) León XIV: Encuentro con los miembros del Parlamento español
5) China y Europa: perspectivas de cooperación con terceros (en proceso en idioma inglés)
6) Propuesta del Instituto Schiller para crear miles de millones de empleos productivos

