Narciso:
Han pasado más de 30 años desde aquellos tiempos en que tus palabras, para muchos de nosotros, eran brújula. Te escribo ahora no desde el desconocimiento ni desde el ataque gratuito, sino desde el profundo desacuerdo de quien te conoce, te respeta y espera más de ti.
He leído con atención tu artículo sobre Venezuela y no puedo callar.
Coincido contigo en algo: hay que esperar para tener una idea más clara de lo que ha ocurrido y ocurre. Pero de ahí en adelante, lo que escribes es, permíteme decirlo con franqueza, un ejercicio de abstracción peligrosa. Escribes en absolutos, como si la política fuera un laboratorio de purezas, como si Venezuela operara en el vacío, como si la Casa Blanca no hubiera declarado abiertamente que su objetivo es borrar del mapa al chavismo como proyecto político.
Y deliberadamente omites algo que cualquier analista serio sabe y no puede ignorar. Hoy Venezuela es una pieza clave en la reconfiguración geopolítica mundial. Estamos en medio de una competencia abierta entre el hegemon decadente y nuevos actores que desafían el mundo unipolar. Y por la posición geográfica y las riquezas energéticas y minerales, Venezuela es un objetivo prioritario. Eso no es una opinión, es un hecho. Omitirlo no es rigor analítico; es irresponsabilidad. Además hay otro hecho que tu artículo también invisibiliza: el pueblo. La soledad de Venezuela no es un detalle menor, es el dato central que tú borras de un plumazo.
¿Dónde estaba Lula cuando Maduro y Cilia fueron secuestrados en enero? Negociando con el FMI y mirando hacia otro lado. Fue Lula, precisamente, quien impulsó y lideró la exclusión de Venezuela del BRICS. Eso no lo mencionas. ¿Y Petro? Hablando de «paz total» mientras su cancillería emitía comunicados que más parecían exigencias a Venezuela que condenas al imperio. ¿Y Boric? Infaliblemente alineado con la narrativa de derechos humanos que dicta Washington.
A ti, que tanto te dueles por la dignidad antiimperialista, ¿qué has dicho de esa conducta de los gobiernos progresistas suramericanos? Guardas silencio. Y el silencio, Narciso, también es político. Suena a gran volumen. Los grupos de izquierda dominicanos han hecho lo mínimo: declaraciones, marchas a media asta que convocan a veintenas. ¿Dónde está la condena a esa complicidad con el cerco?
¿Cuál es tu propuesta? Cuando uno critica desde la izquierda, tiene la obligación de responder algunas preguntas. ¿Qué te propones con este texto? ¿Romper todo diálogo? ¿Qué debe hacer Delcy, salir a mentarle la madre a Trump? ¿Declarar la guerra sin ejército con capacidad de respuesta en el terreno que impone el imperio? ¿Dejar que destruyan toda la infraestructura del país? ¿Crees que tu idea de «dignidad» detendría una lluvia de misiles?
Hablar pluma ‘e burro es lo más fácil del mundo. Y también lo más irresponsable.
Porque si la vía es la resistencia pura, sin concesiones tácticas, sin capacidad de maniobra, sin forcejeo, como das a entender, entonces hay que decirlo claro y asumir los costos. ¿Tú de verdad crees que vale el precio entrar en la confrontación abierta en las condiciones más asimétricas posibles? Eso es muy fácil plantearlo desde la comodidad de un escritorio en la Zona Colonial de Santo Domingo, como general de sillón, sin un solo tanque que comandar, sin padecer una sola de las más de mil sanciones impuestas para desangrar a este pueblo.
Decía Silvio: «Qué fácil es protestar por la bomba que cayó a mil kilómetros del ropero y del refrigerador…»
La gran vergüenza es que las «escarpadas montañas de Quisqueya» siguen ahí, esperando. Y como preguntaba Martí: «Si los indios están muertos, ¿qué hacen esos caracoles en la playa llamando a la guerra?» ¿Por qué tú, Narciso, en más de medio siglo, nunca hiciste sonar uno de esos caracoles? No te atreves a hacer lo que le pides a otros que hagan.
Te invito a reflexionar sobre el efecto político de tu texto. Lo más grave de tu artículo no es el tono, ni la ligereza, ni la falta de rigor. Es el efecto político que tiene en este momento. Tu texto es un manjar para Marco Rubio, para Trump, para los que celebran cualquier signo de división en nuestras filas. Debilitar al gobierno revolucionario cuando más necesita unidad, solidaridad, apoyo de sus camaradas, eso es lo que logra tu texto.
No se trata de cerrar los ojos a los errores. Se han cometido y se cometen. Pero hay que distinguir cuándo una crítica fortalece al enemigo. Y esto no es un ejercicio académico, no es un círculo de estudios. Esto es una guerra multiforme y existencial. En una guerra, la retaguardia también combate. Y si la retaguardia, en este caso desde República Dominicana, empieza a disparar contra los nuestros, el único que gana es el que está afuera con las cañoneras apuntándonos al pecho.
Dicho esto, no pido infalibilidad. Pero hay cosas que duelen, que incomodan, que generan preguntas. Y duelen más cuando vienen de quienes nos encaminaron políticamente cuando éramos muchachos, de quienes pusimos en un pedestal.
Hagamos las críticas. Pero hagámosla desde adentro, con compromiso, con conciencia de que estamos en una lucha existencial contra el imperio más poderoso de la historia. Cada movimiento en falso puede ser el último.
Lo dijo un amigo desde Caracas: «estamos en la pelea, forcejeando allí. Eso no se entiende si no se está en la trinchera.»
Con el cariño de siempre, pero con la firmeza que este momento exige,
Jonás De León

