Por ALFONSO -FONCHI- TEJEDA

Desde perspectivas diferentes para desempeñar el poder alcanzado, el presidente Luis Abinader podría ser comparado con el extraordinario José -Pepe- Mujica, quien al frente de la presidencia de Uruguay se caracterizó por desacralizar el mandato de un ejercicio que contagia con una aferrada obstinación continuista, muchas veces sin importar medios ni procedimientos, a la mayoría de quienes lo han logrado – sin importar la vía-, pero que ellos dos parecen despreciar para sí.
En una región como Latinoamérica, donde el alcanzar el máximo poder es una competencia, que, por suerte ahora se desarrolla, en la mayoría de los casos, siguiendo patrones más convergentes con los postulados democráticos, arrinconando otras opciones que se estiman “viables”, el desapego al poder de Mujica y Abinader resalta, y a veces resulta incomprensible.
Plausible es la actitud, la disposición y la decisión de Abinader de auto resignarse, y reforzar el mandato legal de que los presidentes tienen y deben cumplir con los límites de términos establecidos ( dos) para ejercer esa función, negando así a una corriente nefasta para la institucionalidad que siempre ha tentado a quienes alcanzan esa posición y han pretendido mantenerse en el cargo más allá de los periodos establecidos, y en esos propósitos han intranquilizado al país, que, por madurez política, ha sabido convocar una reacción adversa, haciéndolos desistir de sus afanes continuistas.
El presidente dominicano, con un reconocimiento que otros pudieran asumir como endoso para dar un “salto con garrocha”, es firme con su promesa de cumplir la ley y su palabra empeñada, disposición que ha suscitado desamparo en quienes estiman él es la garantía para sus posibles beneficios, incertidumbres en cuanto al porqué de una decisión inaudita, y temor a lo que pueda provocar para el partido Revolucionario Moderno y su necesidad de seguir al frente del gobierno de la República.
Esos temores se afincan en la aparente displicencia que muestra Abinader en torno a asuntos trascendentes para la buena marcha del país, tal la reforma fiscal, de la que parece desinteresado después que un proyecto sometido a finales del 2024 fuera impugnado por amplios sectores, y que él desestimara sin ningún reparo, decisión que parece dispuesto a mantener, pese a la impostergable necesidad de ese instrumento fiscal.
Un refrán dice que “a quien no quiere caldo, se le dan tres tazas”, en este aquí resulta muy socorrido, pues Abinader tiene en la necesidad de la reforma fiscal, en la posibilidad de continuidad del PRM en el poder y, en la ahora exploración y explotación de los posibles yacimientos de tierra raras en Pedernales, ese trío de envases capaces de modificar la conducta y/o planes de quién se resiste a asumir los dictados del momento, conminándolo a reducir sus opciones a “lo que hay”.
La “imprescindibilidad” de un sujeto social puede ser discutible, pero hay situaciones en las que la presencia de este es determinante para estimular el logro de nuevas etapas, las que demandan el concurso de todos y emplazan a los líderes principales a asumir los sacrificios más ostensibles para garantizar la permanencia de lo conquistado y el avance indetenible de lo propuesto como redención.
Pepe Mujica, quien reporta toda una vida de sacrificios para alcanzar el Poder, con su responsabilidad y sencillez para ejercerlo, ha conquistado el más importante de los poderes: el reconocimiento de su pueblo, y más allá, por haber hecho lo que le correspondió hacer, con la disposición determinante que se le exigía actuar y en el momento oportuno para hacerlo, por eso, hoy es un referente en el cual Abinader parece haber encaminado algunos pasos.

