Por ALFONSO -FONCHI- TEJEDA
En su libro El retorno de las yolas, Silvio Torres-Saillant atribuye a un cotizado chef definir el sancocho como “la pródiga combinación de elementos dispares”; sofisticación conceptual de un menjurje que, en una inacabada tesis, un sociólogo urbano le atribuye ser indispensable en la irredenta disposición de antiguos esclavos de las colonias, quienes para escapar a la libertad incautaban a sus amos viandas, utensilios y otras mercancías que, a más de un “alimento”, su preparación era convocatoria a esa simbiosis de lo que significaba su lucha.
Hoy, el sancocho es “rasgo” identitario que define eso que una novísima caracterización llama “dominicanidad”(?), es una oferta culinaria para atraer a turistas, propuesta para pretender lauros en el libro de récords mundiales, instintos “pavloviano” que la lluvia desata, “anzuelo” tirado para cherchosa agenda; pero siempre auxiliar emergente con el que se “satisfacen” carencias que se pueden aliviar “echándole un jarro más de agua”, aunque a veces alguien le eche jabón, enredando así, más de la cuenta, “el asunto’.
Esa suculenta dispar combinación en que ha resultado “el plato” es insuficiente para captar el “momentum” que está viviendo el país, que, sin ser de ahora, si parece que ya es tiempo de prestarle la atención debida, porque ha alcanzado el despeñadero desde el que, como La Jevena, un desquiciado que andaba por la zona de Tamayo, prefería lanzarse desde el cojollo de la mata de coco, porque llegaba así más rápido a tierra.
Que un engreído se atreva a distorsionar el sistema de semáforos de la Capital, solo porque se le antoja, sin importarle las consecuencias nefastas de su desafío prepotente a las autoridades, y que estas, como respuesta, asuman la ridícula “vigilancia” militar de algunos puntos de la ciudad, dice cuán difícil es la situación del orden necesario para que, en el país, la sociedad, se manifieste en la cotidianidad.
Hasta ahí hemos llegado, entre todos, en un largo y cómplice trajinar en el que un presidente de la República se atrevía a desafiar que les señalaran actos dolosos, cuando su familia y más cercanos colaboradores protagonizaban el más escandaloso complot de corrupción, y, que una encuesta posterior patentice que la mitad de la población acepta transar su aval al cohecho, si hay derrama, si con este se “boronea”.
Tiempo es de que la sociedad dominicana entienda la imprescindible necesidad de una conducción – que sin tener que dar “ ‘pa ‘bajo” a nadie-, nos responsabilice a todos/as como ciudadanos de deberes, que respetamos el derecho de cada uno, sin abusar de condiciones que nos atribuimos como exclusivas nuestras, y que se justifica en aquella licencia de “soy padre de familia”.
En lo único que el país parece estar advertido es en lo referente a las relaciones con Haití y a la presencia de haitianos en la República Dominicana, que cohesionan un sentimiento de acentuada carga emocional- racista, que hasta con violencia se ha manifestado, actitud “vigilante”, que, sin embargo, se disipa ante todas las iniquidades, el abusivo macuteo y tráfico perverso que se originan en ese conglomerado, beneficiando a muchos en el país.
Como primer ejecutivo, responsable del manejo del Estado, al presidente Luis Abinader es a quien “le caen los palitos”, esos, para los que su decencia comprobada apenas le permite el sonrojo, pero que pierde en el regateo de la energía, el valor y la disposición para contagiar a su partido y dirigentes de este, a funcionarios del gobierno, conducir hacia la institucionalidad, el respeto y la dignidad a la sociedad dominicana, ya urgente tarea convocante inaplazable de nuestra ineludible responsabilidad.
Por la variedad de insumos y distintas facturas en la preparación, resultando la mayoría de estas en un particular, pero generalizado exquisito sabor, el sancocho puede figurarse como la sinfonía interpretada por “un ven tú” típico, y como referente convocador a un Convite en el que cada uno aporta su disposición, pero más que eso, lo más importante: su solidaria participación en una jornada de esfuerzos común, en la que el bienestar del vecino es satisfacción y responsabilidad de todos.

