Por ALFONSO -FONCHI- TEJEDA
La comedida extensión del discurso (19 páginas) con el que Luis Abinader asumió el nuevo mandato, alcanza para evaluar los propósitos con los que el político busca establecer su legado en la historia dominicana, cuando abandone el cargo en agosto del 2028, tal como ha reiterado, y que inició con su propuesta de modificación constitucional, sometida el lunes al congreso, vía el senado de la República.
Lo primero que resalta en el discurso es que ahora “lo importante” tiene límites, a los que la urgencia apunta y pocas excusas podrían aludirse para justificar evasivas, más si el presidente toma como referencia su mandato anterior, tan cercano y válido; si asume con autenticidad crítica esos muy desafiantes cuatro años, que le validaron esta oportunidad para hacerlo mejor.
Pretencioso yo que me atrevo a exponer mi evaluación de ese período, la que es híbrida – entre bueno y regular o viceversa- y que puedo explicar listando la transparencia, la decente manera de funcionarios y el presidente; así, la tolerancia y disposición de rectificar ante muchos yerros, la mayoría resultado de “pagar el novicial” en el desempeño de funciones de Estado.
Pasan las pruebas el excelente desempeño de la Cancillería, el discreto y eficiente de Hacienda y entidades recaudadoras; de Economía, Planificación y Desarrollo (en los cuatro años); de Educación, con Ángel Hernández al frente, y Víctor Castro en Inabie, y el puntual – con un muy costoso cacareo- de Obras Públicas.
De los nuevos integrantes al gabinete, resalta la designación de Faride Raful en el complicado (y hasta tenebroso?) Ministerio de Interior y Policía, en el que la sensibilidad humana, la responsabilidad ética, el compromiso político de la incumbente tienen que resultar en cambios en la seguridad ciudadana, en los métodos de persecución policial (“intercambios de disparos”), y en el trato migratorio a los haitianos.
Y es ahí, en el tema haitiano donde el gobierno, en particular el presidente, está convocado a “cambiar el chip”, tomando en cuenta que ya le es innecesario cobijarse en ese conservadurismo prejuiciado, y comenzar a manejar esa migración desde una perspectiva de derechos humanos, y ver la relación con el vecino país como un espacio de colaboración para beneficio de ambas naciones y pueblos, con mutuo respeto por las leyes y culturas.
Sin que Abinader sea el más feo de los presidentes últimos, a él se les han pegado “los platos rotos”, y es su ineludible responsabilidad solventar la ya inaplazable revisión -para actualizarla y dignificarla-, seguridad social, ampliar la cobertura primaria de salud, apuntalar la mejoría de la educación, eficientizar el tránsito y transporte, proteger el medio ambiente, combatir la pobreza, la inequidad y la iniquidad, y garantizar la seguridad ciudadana.
Los/as hay quienes, entre esos/as que se arriesgan a leer estos párrafos, considerarán desbordadas estas puntualizaciones, pero les recuerdo que el presidente ahora va por su legado, que para ser tal tiene que sustentarse en “el cambio del cambio”, una necesidad ya inaplazable, y que es posible en el marco del sistema, para fortalecer la democracia y dignificar la realidad dominicana, si de verdad se quiere honrar lo de “primero la gente”.

