La violencia en República Dominicana no se detiene, pese a informes oficiales de que disminuyeron los homicidios en enero, sin contar con el subregistro por las consabidas deficiencias en los reportes estadísticos y el encubrimiento en muchos casos de muertes “accidentales”. Investigaciones epidemiológicas, antropológicas, neurobiológicas y psiquiátricas han demostrado que la violencia es multifactorial, donde existe un predominio de las bases ambientales y genéticas.
Los feminicidios, muertes por encargo, explotación laboral en menores y adultos, la discriminación de distintos colores, el crecimiento porcentual de “niños de las calles”, las exclusiones sociales… “Siguen su agitado curso”.
El reputado psiquiatra alemán Kurt Schneider, calificó a los homicidas como desalmados antisociales, sujetos que carecen de compasión, vergüenza, sentido del honor, remordimiento y conciencia moral…”.
Y precisaba el académico de Heidelberg, que “los desalmados criminales no deberían hacernos olvidar que también existen los desalmados sociales, de naturaleza dura… que caminan sobre cadáveres”, sobre todo en el submundo del sicariato. En la violencia antisocial están involucrados, además de los genes, el stress emocional, pobreza, inequidad, desigualdad, promiscuidad, drogas, abuso infantil y desintegración de la familia, lo que no han disminuido en nuestro país.
Debe precisarse que la proclividad puramente neuroconductual puede no conducir a conductas reprobables y muchos individuos con alteraciones cerebrales no cometen actos delictuales. En el caso dominicano, vemos un incremento de la violencia antisocial, donde confluyen el robo y el homicidio, cometidos por “desalmados”, a los que describía Schnider como de “naturalezas duras…”.
Los asesinatos que se produjeron en el país, la mayoría de las víctimas, 1.446, fueron hombres. Se trata de muertes violentas no relacionadas con “naturaleza dura”, como le llamaba Schnider, o muertes en situaciones violentas en las que están involucrados tanto el agresor como la víctima.
Es innegable que las deplorables condiciones económico-sociales y de perversión política, en interacción con los factores genéticos, dan las resultantes de la violencia que padecemos en nuestro país.
Este sistema capitalista dependiente y atrasado, por demás neoliberal, que violenta el derecho de las mayorías, mientras privilegia a una minoría, favorece la violencia antisocial y el crimen de todos los colores.
Ese fenómeno multifactorial también va dejando un saldo preocupante de muertes, donde se escenifican asaltos a mano armada, ejecuciones extrajudiciales, violaciones sexuales, feminicidios y mucho más.
Todos esos males son generados por un “capitalismo salvaje”, que reproduce hambre, desigualdad y modelos culturales basados en el egoísmo, venta y consumo de drogas, raterismo de todo tipo e insalubridad mental.
El desorden se profundiza al ritmo en que el sistema político, social y económico se resquebraja, acompañado de corrupción, con su secuela de exclusión, marginalidad, explotación, desempleo y violencia.
El escenario electoral es muestra de brutalidad, pugnas estériles, enfrentamiento entre grupos económicos, sociales y políticos por controlar los poderes en que se sustenta un sistema que no resiste más remiendos.
No hay ninguna duda, la crisis es estructural; el crimen afecta a la sociedad en todas sus dimensiones: géneros, clases sociales, provocando cifras elevadas de muertes al año, angustia y dolor en los ciudadanos.

