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El capitán Héctor Lachapelle Díaz y su sentido de lealtad

by Redacción

Por Fidel Soto Castro

 

Relación conspirativa e histórica entre Ricardo Soto (Juan Bosch), Luis Soto (Fernández Domínguez) y Tamayo (Lachapelle Díaz)

El fracaso del intento insurreccional del 6 de enero de 1965, provocado por la delación de un individuo sinuoso, no detuvo a los militares y civiles comprometidos con el rescate de la constitucionalidad. Después de aquel golpe a la conspiración, los hombres vinculados al coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez continuaron reorganizando los planes para restaurar el gobierno legítimo derrocado en septiembre de 1963.

En medio de aquel ambiente de clandestinidad, persecución y desconfianza, Juan Bosch le escribió a Fernández Domínguez el 18 de febrero de 1965. En esa carta le hacía una advertencia relacionada con “Tamayo”, seudónimo utilizado por el capitán Héctor Lachapelle Díaz:

“Aunque Ud. dependa de informaciones que pueda o deba enviarle Tamayo, yo debo atenerme al propósito de no dejar abandonados los planes que se han hecho; pues bien pudiera suceder que, en su nueva posición, Tamayo se olvide de Ud.”

La “nueva posición” a la que Bosch hacía referencia era el nombramiento de Héctor Lachapelle como administrador de una estación de combustibles, designación obtenida a través de un cuñado suyo.

Para un oficial cancelado del Ejército, perseguido políticamente y comprometido en una conspiración de alto riesgo, aquella ocupación podía representar una tentación: abandonar la lucha clandestina y acogerse a una vida más estable y segura.

Bosch, hombre curtido en las luchas políticas y profundo conocedor de las debilidades humanas, reforzaba su advertencia con una reflexión de enorme realismo político:

“…puedo asegurarle a Ud. que en todas partes, en todas las tierras y en todas las edades, han abundado los hombres apegados a su plato de lentejas.”

La observación de Bosch tenía fundamento. Apenas semanas antes, el movimiento había sufrido la traición que provocó el fracaso del plan del 6 de enero. La prudencia obligaba a desconfiar y a verificar toda información. Más que una acusación contra Tamayo, la advertencia reflejaba una regla elemental de toda lucha clandestina: nunca depender de una sola fuente de información.

Sin embargo, la respuesta del coronel Fernández Domínguez, fechada el 26 de febrero de 1965 en Santiago de Chile, revela hasta qué punto confiaba en Héctor Lachapelle Díaz:

“Comprendo perfectamente los términos de su comunicación de fecha 18 de los corrientes. No he querido significar que dependa yo exclusivamente de informaciones de Tamayo; sin embargo, conoce Ud. más que nadie hasta dónde he sido traicionado y la herida que, por sus orígenes, me ha dejado dicha traición. En definitiva, lo que me permito señalarle es el cuidado y la comprobación de los informes recibidos.”

Las palabras de Rafael poseen una profunda carga emocional y política. Cuando habla de “la herida que, por sus orígenes, me ha dejado dicha traición”, todo apunta al dolor causado por la delación vinculada a su propio hermano paterno en los acontecimientos del 6 de enero.

Aquella experiencia explicaba su cautela, pero también la firmeza con que diferenciaba a los leales de los traidores. Y Tamayo demostró pertenecer al grupo de los leales.

Héctor Lachapelle Díaz no cambió su compromiso por “un plato de lentejas”. Lejos de abandonar la causa, puso su nueva posición al servicio de la conspiración constitucionalista.

La estación de combustibles que administraba se convirtió en punto de encuentro de los conspiradores, hasta el extremo de que aquellos hombres comenzaron a ser conocidos como “Los muchachos de la bomba”.

La conducta de Lachapelle confirmó plenamente la confianza que Rafael Fernández Domínguez había depositado en él. Su lealtad no fue circunstancial ni oportunista; fue una lealtad sostenida hacia Rafael, hacia Juan Bosch y hacia la causa de la restauración democrática.

Esa confianza en Tamayo quedó resumida en una carta enviada por Fernández Domínguez desde su exilio en Madrid, el 21 de abril de 1964, cuando le escribió:

“No quiero darle término a esta sin recalcarte una vez más que el compromiso de honor que hicimos es para mí, igual que para ti, una fórmula tan sagrada que, a lo mejor, ninguno de los dos podrá ir a elevar una plegaria por el otro, porque triunfaremos o caeremos juntos.”

Años después de la Revolución de Abril, durante un seminario sobre la Revolución de 1965 organizado por la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas, Héctor Lachapelle recordó que, al morir Juan Bosch, un periodista le preguntó cómo definiría al líder dominicano en una sola palabra. Su respuesta fue inmediata: “Moral”.

La expresión no fue casual. Revelaba la profunda admiración que el capitán constitucionalista sentía por la conducta ética de Bosch y por su enfrentamiento con las prácticas corruptas existentes dentro de sectores militares antes del golpe de Estado de 1963.

Sin embargo, en aquel recuerdo oral, Lachapelle incurrió en una imprecisión histórica al afirmar que Bosch había pedido a ciertos jefes militares “rebajar las comisiones” derivadas de compras y negociaciones ilícitas. La documentación escrita del propio Bosch demuestra otra cosa.

En Crisis de la democracia de América en la República Dominicana, Bosch explica que convocó a los jefes militares para exigir el fin de esas prácticas corruptas. No habló de reducir comisiones, sino de eliminarlas.

Bosch consideraba que el cobro de comisiones constituía una deshonra para la democracia y una forma de robo contra el pueblo dominicano.

La imprecisión de Lachapelle no disminuye, sin embargo, el valor de su testimonio. Por el contrario, confirma hasta qué punto los militares constitucionalistas identificaban a Bosch con una conducta ética excepcional dentro de la vida pública dominicana. El propio hecho de resumir la figura de Bosch en la palabra “Moral” revela la huella que dejó en hombres como Héctor Lachapelle Díaz.

Y precisamente esa dimensión moral fue uno de los elementos que unió a Bosch, Rafael Fernández Domínguez y oficiales como Tamayo. No se trataba únicamente de una conspiración militar para retornar al poder a un presidente depuesto; se trataba también de una lucha por restaurar la dignidad institucional, combatir la corrupción y devolverle sentido ético al ejercicio del poder público.

El capitán Héctor Lachapelle Díaz ha honrado durante toda su vida aquel compromiso patriótico. Junto a hombres como Rafael Tomás Fernández Domínguez, Francisco Alberto Caamaño Deñó, Lora Fernández y Montes Arache, formó parte de una generación de militares constitucionalistas que, como escribió Bosch, eran: “almas templadas, que traen a la vida el amor a lo grande y la decisión de realizar obras dignas.”

Su lealtad al ideal constitucionalista y al coronel Caamaño ha sido inalterable, aunque intentos calumniosos hayan tratado de manchar su imagen.


Fuente:
Arlette Fernández, Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez: soldado del pueblo y militar de la libertad.
Tercera edición, 2013. Fundación Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez. Impresión Talleres Gráficos Omar CD’s.

En homenaje y recordación del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, al cumplir 61 años de su muerte.

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