Por Tito Olivo
Analista de economía política y geopolítica
El mundo atraviesa una etapa de profundas tensiones geopolíticas y económicas que están redefiniendo la seguridad energética de los países. Las rivalidades entre grandes potencias, los conflictos regionales y la creciente volatilidad de los mercados energéticos están impactando directamente la estabilidad económica de muchas naciones.
En el centro de estas transformaciones se encuentra la energía. Hoy el petróleo, el gas natural y los minerales estratégicos no solo son recursos económicos, sino también instrumentos de poder en el sistema internacional. Las disputas geopolíticas entre potencias como Estados Unidos, China y Rusia están influyendo de manera directa en los mercados energéticos globales y en la estabilidad de regiones clave como el Golfo Pérsico.
En este contexto de incertidumbre, los mercados financieros también reflejan la tensión global. El precio del oro, tradicional refugio frente a la inestabilidad internacional, ha mostrado en los últimos días una corrección después de haber alcanzado niveles históricamente elevados, lo que evidencia la alta volatilidad que caracteriza actualmente al sistema económico mundial.
Para países altamente dependientes de la importación de combustibles fósiles, esta situación plantea enormes desafíos. En el caso de la República Dominicana, la vulnerabilidad energética sigue siendo un factor estructural de presión sobre las finanzas públicas. El sistema eléctrico nacional registra niveles elevados de pérdidas técnicas y no técnicas en la distribución de energía, lo que obliga al Estado a mantener un subsidio eléctrico que ronda los 1,800 millones de dólares anuales.
Ante este escenario, resulta imprescindible avanzar hacia una estrategia energética más diversificada que reduzca la dependencia de los combustibles fósiles importados.
Una de las alternativas más prometedoras es el desarrollo de energía solar distribuida, mediante la instalación de paneles solares en techos de viviendas y edificaciones. A esto se suman nuevas tecnologías que comienzan a expandirse en el mundo, como las tejas solares fotovoltaicas y los ventanales capaces de generar electricidad. Este modelo permitiría transformar miles de viviendas en pequeñas unidades de generación energética, reduciendo la presión sobre el sistema eléctrico nacional.
Asimismo, la economía circular ofrece oportunidades adicionales para fortalecer la seguridad energética del país. La producción de biogás a partir de residuos orgánicos urbanos y rurales, así como el aprovechamiento energético de biomasa proveniente del sargazo marino o del lirio de agua dulce, podrían convertirse en fuentes complementarias de energía limpia.
Del mismo modo, tecnologías como la pirólisis de plásticos y neumáticos usados permitirían transformar residuos altamente contaminantes en combustibles líquidos, contribuyendo al mismo tiempo a reducir los problemas ambientales.
La transición energética no debe entenderse únicamente como un cambio tecnológico, sino como una estrategia de seguridad económica nacional. En un mundo marcado por la volatilidad de los mercados energéticos y las tensiones geopolíticas, fortalecer la autonomía energética se convierte en un objetivo central para garantizar la estabilidad económica y social.
Para países como la República Dominicana, avanzar hacia una matriz energética más diversificada y sostenible no es solo una opción ambiental, sino una necesidad estratégica en un mundo cada vez más incierto.

