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¿Hacia un Orden Global Post-Occidental?

by Redacción

 El viejo mundo se muere. El nuevo mundo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos
Antonio Gramsci, 1930.

 

Por NELSON DEL POZO GUZMÁN

 

El sistema internacional nacido en 1945 está colapsando ante el avance de nacionalismos transaccionales. El orden de Bretton Woods y la hegemonía del multilateralismo están siendo reemplazados por una geopolítica de fuerza bruta. Estados Unidos, Rusia e Israel lideran movimientos que buscan romper el equilibrio actual, evocando paralelismos con la inestabilidad que precedió a la Segunda Guerra Mundial.

Donald Trump personifica la ruptura del eje atlántico bajo la premisa de «América First». Al considerar las instituciones globales como lastres para la soberanía estadounidense, Trump propone un modelo unilateral y transaccional. Esta visión abandona el rol de EE. UU. como «policía del mundo», dejando un vacío de poder que las potencias regionales intentan llenar rápidamente mediante la fuerza.

  • Alemania (Tercer Reich):Bajo el mando de Adolf Hitler, buscaba revertir las humillaciones del Tratado de Versalles para recuperar su autonomía y dominio absoluto.

Benjamín Netanyahu y el sionismo actual justifican su expansión en el mandato de «seguridad total». Bajo este relato, las incursiones en Gaza y el Líbano se presentan como una lucha existencial por la supervivencia de la nación. Esta justificación de control territorial en el Medio Oriente desafía las resoluciones de la ONU, señalando que las fronteras actuales son, para ellos, maleables.

  • Italia (fascista):Dirigida por Benito Mussolini, con el sueño de recrear un «Nuevo Imperio Romano» en el Mediterráneo mediante la expansión territorial estratégica.

Vladimir Putin utiliza el relato de la «unidad histórica» para justificar la invasión a Ucrania. Su visión busca restaurar la esfera de influencia de la antigua Unión Soviética, argumentando que Occidente ha cercado a Rusia ilegalmente. Al igual que en la década de 1930, el reclamo de territorios bajo criterios étnicos e históricos vuelve a ser el motor de un conflicto a gran escala.

  • Japón (imperio japonés):Liderado por el emperador Hirohito y las facciones militares, buscaba el control total de Asia bajo el pretexto de una «esfera de coprosperidad».

Las coincidencias con los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial son alarmantes y evidentes. En ambos periodos observamos el declive de la diplomacia colectiva, el auge de líderes autoritarios y la fragmentación de la economía mundial. La historia parece rumbear hacia una ruptura donde los tratados de paz ya no garantizan la estabilidad, sino que solo ganan tiempo para el rearme.

China emerge en este caos como posible «refugio» y árbitro del nuevo sistema multipolar. A diferencia de los enfoques agresivos de Rusia o el repliegue de EE. UU., Beijing utiliza la «Iniciativa de la Franja y la Ruta». Su estrategia es la integración económica profunda, presentándose como un socio predecible frente a la volatilidad occidental en regiones como América Latina y África.

  • Ascenso de EEUU (1945):A diferencia de quienes buscaban conquista territorial, EEUU. ascendió como el «Arsenal de la Democracia». Tras Pearl Harbor, emergió con la única economía intacta y el monopolio atómico, dictando las nuevas reglas comerciales y financieras globales (Plan Marshall) frente a un mundo en ruinas.

En el conflicto de Ucrania y Medio Oriente, China ha adoptado una postura de «neutralidad proactiva». Mientras Occidente se desgasta en el envío de armamento, China se posiciona como el mediador capaz de dialogar con todas las partes. Esta capacidad de arbitraje es la que tradicionalmente ostenta el líder mundial, trasladando el eje del poder de Washington a Beijing.

América Latina es hoy un tablero de la visión expansiva y de agresión de estos tres ejes de poder. Venezuela y Cuba sufren el choque directo de las consideraciones de Trump, las pretensiones de seguridad de Netanyahu y el sueño geoestratégico de Putin, mientras el resto de la región, desde República Dominicana hasta Ecuador, enfrenta una coacción constante sobre sus gobiernos soberanos. En este escenario de presiones extremas, China capitaliza el rechazo a la injerencia tradicional, ofreciendo inversiones que se perciben como una alternativa ante el asedio político y económico.

El resultado final apunta a un orden mundial fragmentado, ya no definido por una sola potencia. Estamos pasando de un mundo unipolar liderado por EE. UU. a uno de «bloques de influencia» en competencia constante. La eficiencia transaccional de China y su vertiginoso desarrollo y control tecnológico podrían convertirla en el nuevo eje, pero en un formato muy distinto a la hegemonía estadounidense.

El mundo no puede quedar atrapado en el delirio expansionista de líderes que sacrifican pueblos en el altar de la hegemonía. La mayoría global hoy clama por un rotundo «No a la Guerra», exigiendo un orden donde la soberanía no sea moneda de cambio de transacciones imperiales. No estamos ante un destino inevitable de conflicto, sino ante la imperiosa necesidad de que las naciones desafíen este esquema obsoleto y frenen a quienes, en nombre de la historia o la seguridad, pretenden arrastrarnos a un pasado de ruinas que la humanidad ya juró no repetir.

 

Zürich – Suiza, 5 marzo 2026.

 

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