Por NELSON DEL POZO GUZMÁN
La ruptura diplomática entre República Dominicana y Venezuela, declarada en 2024, es una herida abierta en el corazón de América Latina que sangra sobre un tejido histórico de hermandad. Mientras las cancillerías se enfrían, más de 120,000 venezolanos construyen su vida en suelo quisqueyano, y miles de dominicanos guardan memoria del hogar que por décadas encontraron en la patria de Bolívar.
Este divorcio político, el quinto en ocho décadas, insulta una relación forjada por el prócer Juan Pablo Duarte, quien vivió y murió en Venezuela, y por el flujo de ideas, cultura y solidaridad que por siglos ha navegado libre entre el Caribe. No podemos permitir que la coyuntura ahogue el destino común. El restablecimiento de relaciones no es una opción; es un imperativo histórico y moral para dos pueblos que son, en esencia, hermanos, hijos de la Patria Grande Latinoamericana.
Mirar hacia atrás duele, pero ilumina el camino: nuestra relación es una montaña rusa de rupturas y reconciliaciones que prueba lo insensato de la desconexión. Los lazos oficiales comenzaron en 1945, para romperse y restablecerse en 1949. En 1960, un atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, atribuido al régimen de Trujillo, llevó a una condena en la OEA y a otra ruptura.
Luego, en los 80, Venezuela abrió sus brazos a más de 21,000 dominicanos en busca de paz y prosperidad. Cada reconciliación, como las de 1962, 1965 o tras la firma de acuerdos como Petrocaribe en 2005, demostró que el puente, aunque dañado, nunca se derrumba. Esta quinta ruptura es solo un capítulo más en un libro que siempre se reescribe hacia la unión. Negar esta historia es traicionar a nuestros pueblos.
¿Qué detonó esta crisis? La chispa fue la decisión dominicana de no reconocer la legitimidad de las elecciones presidenciales venezolanas de julio de 2024, alineándose con otros países bajo el manto de sumisión y orientación de EE. UU. que impuso el desconocimiento y cuestionó la transparencia del proclamado reelecto presidente N. Maduro. Venezuela respondió con la ruptura total, acusando injerencia y retirando a su cuerpo diplomático.
El conflicto se envenenó con acusaciones de una deuda petrolera impaga y, sobre todo, con la incautación en suelo dominicano de un avión vinculado al Estado venezolano por parte de Estados Unidos, un acto que Caracas tildó de “piratería” y complicidad de R. D. con Washington. La posición dominicana, expresada en la OEA, aboga por una “hoja de ruta seria” para una transición democrática en Venezuela, pero sin reconocer al “gobierno de turno”. Este pulso, enfrascado en principios legítimos pero rígidos, hoy solo sirve a intereses foráneos y castiga al soberano pueblo de venezolanos y dominicanos.
El costo humano de esta fractura es atroz y palpable. En Venezuela, el pueblo sufre una crisis humanitaria compleja; aunque se han superado picos históricos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte que la dolarización de facto y una inflación persistente mantienen el poder adquisitivo pulverizado, mientras el mundo debate sobre petróleo y sanciones. En República Dominicana, cuya economía proyecta un crecimiento del 5% según el Banco Central de la RD, miles de familias binacionales viven en la incertidumbre, con consulados cerrados y representados por un tercer país, España, en caso de emergencia.
La suspensión de vuelos comerciales directos rompe el contacto vital, afectando los lazos familiares, culturales y comerciales que componen el verdadero tejido de la integración. Mientras los gobiernos se miden en declaraciones, son los ciudadanos, los trabajadores, los estudiantes y los artistas quienes pagan el precio de una guerra fría que no pidieron.
Insistir en el aislamiento como herramienta es un error estratégico y una negación de nuestra propia experiencia latinoamericana. La historia prueba que las rupturas entre nuestros países nunca son definitivas; son interrupciones dolorosas que siempre culminan en un reencuentro forzado por la geografía, la inclemencia de las potencias que nos agitan, la cultura y la necesidad. La región ya no puede permitirse lujos de división ante un mundo que nos quiere hacer ver como patio trasero.
La solución pacífica de controversias y la autodeterminación, principios que Santo Domingo invoca para Venezuela, deben aplicarse también al diálogo bilateral. La diplomacia de gestos vacíos y ultimátums ha fracasado. Es hora de una diplomacia audaz, sabia, creativa y descolonizada, que ponga a la gente por encima de los protocolos y a la patria grande por encima de los egoísmos pequeños.
Imaginar la reconciliación no es un sueño ingenuo; es proyectar lo que ya hemos vivido en épocas mejores. Podemos volver a ser socios en energía, comercio y desarrollo, como lo fuimos con el Acuerdo de Caracas y Petrocaribe, utilizando mesas técnicas para resolver diferencias sobre deudas bajo mecanismos sugeridos por la CEPAL o el arbitraje internacional reconocido en la Constitución dominicana.
Podemos co-crear un corredor humanitario que alivie el sufrimiento del pueblo venezolano, con República Dominicana como puente solidario y facilitador del Plan de Normalización de Venezolanos del MIREX. El restablecimiento de relaciones no significa aprobación tácita, sino el reconocimiento maduro de que el diálogo entre vecinos es la única vía para influir, ayudar y construir juntos un futuro distinto.
El llamado, por tanto, es a la cordura y al corazón. A los gobiernos de Luis Abinader y de Delcy Rodríguez y a quienes ejerzan el liderazgo en R. D. y Venezuela: les pedimos valentía. Den un paso atrás del abismo, nombren enviados secretos, encuentren una fórmula que salve las apariencias pero, sobre todo, salve a nuestros pueblos. A la CELAC, a la OEA y a los líderes latinoamericanos: dejen de ser espectadores y convoquen, faciliten, medien. La estabilidad del Caribe y la credibilidad de la diplomacia interamericana están en juego. A los ciudadanos de ambos países: exijamos, recordemos, soñemos en voz alta.
La hermandad dominico-venezolana, escrita en el exilio de Duarte y en el recibimiento de los migrantes, es más fuerte que cualquier decreto de ruptura. Restablecer relaciones diplomáticas ahora no es un acto de capitulación; es un acto de soberanía, de amor a Latinoamérica y de justicia histórica. ¡Que la razón y la emoción nos encuentren, por fin, del mismo lado ante el horizonte de incertidumbre que nos aguarda!
Zurich – Suiza. 30 enero 2026.

