Por LUIS SALAZAR
En un reciente artículo1, la periodista Yanessi Espinal (YE) realizó un interesante análisis de las alianzas electorales entre partidos mayoritarios y minoritarios y sus resultados.
Las conclusiones más importantes a las cuales llegó YE fueron las siguientes: “Como ocurrió en 2024, las alianzas entre partidos grandes en los últimos siete procesos de votación para el nivel presidencial,
han demostrado que casi nunca logran éxito electoral y los partidos y candidatos que han ganado no han necesitado esos acuerdos.”
“De siete elecciones presidenciales que ha tenido el país desde el 2000 al 2024, en cinco casos, dos de los tres partidos que han ganado no han tenido alianzas electorales para el nivel presidencial.”
“Contrario a lo que ocurre con las alianzas entre partidos grandes, la suma de organizaciones pequeñas a los grandes proyectos sí empuja al éxito en las urnas, conforme a los resultados de las elecciones presidenciales.”
Es decir, que las alianzas entre partidos mayoritarios no es condición imprescindible para ganar elecciones, pero, sin embargo, las alianzas entre partidos mayoritarios y minoritarios sí pueden garantizar el éxito de los primeros.
Para sustentar estas valoraciones, YE hizo un recuento de los procesos electorales que se han sucedido desde el año 1996 hasta el año 2024, estableciendo cuándo, según su criterio, se han producido triunfos electorales por alianzas entre partidos mayoritarios o entre algunos de estos y los partidos minoritarios.
Nuestro propósito no es desmentir los resultados de estas valoraciones, sino plantear la necesidad de situar cada experiencia concreta en su momento histórico porque solo así podremos entender la dinámica de los procesos electorales, las alianzas políticas que en ellos se producen y sus resultados, ya sean favorables o adversos.
Veamos.
El parteaguas del 1996
Se entiende por parteaguas como un “Momento o hecho decisivo que marca la diferencia entre un estado previo y otro siguiente.”2
En este caso, el parteaguas del año 1996 representa el inicio de un proceso de transición política entre la etapa iniciada en 1961, con la caída de la dictadura de Trujillo, y un nuevo modelo político, centrado en el Estado subsidiario, asistencialista/clientelar, bajo fuerte dominio de la visión neoliberal. Este nuevo momento histórico implicó profundas transformaciones en la estructuración y las prácticas de los partidos políticos y el surgimiento de nuevos liderazgos ante el ocaso de los liderazgos históricos (Balaguer, Bosch y Peña Gómez).
Este aspecto es esencial para entender el proceso electoral del 1996.
Por un lado, se producía un evidente desgaste y declive del PRSC y su líder, Joaquín Balaguer, que habían tenido como antecedentes inmediatos la crisis del 1994 con el agravante de la prohibición de que este fuese candidato presidencial.
Por otro lado, pese al ascenso de la candidatura de Peña Gómez, esta no llegaba al 50% más uno que le permitiría llegar al gobierno, y el surgimiento de la candidatura de Leonel Fernández, como tercera opción, la cual fue, finalmente, la ganadora como resultado de la alianza del PLD y el PRSC.
Este cuadro nos permite ver las tendencias que, aunque embrionarias, posibilitaron los resultados electorales que ya conocemos: 1) desgaste de los liderazgos históricos (Balaguer que no pudo participar en el proceso electoral, Peña que no pudo superar el límite establecido para ganar las elecciones, y Bosch que ya había sido sustituido por Leonel Fernández en su partido); 2) precisamente, LF representaba las nuevas corrientes de la política dominicana y la transición hacia un nuevo liderazgo.
La alianza PRSC/PLD, a simple vista, parecía contra natura porque se aliaban partidos situados en polos opuestos: el PRSC, y su líder Joaquín Balaguer, representantes de los sectores sociales y políticos conservadores, y el PLD, fundado por Juan Bosch, partido que enarbolaba la liberación nacional como estrategia política.
Más allá de lo superficial, lo que evidenciaba esta alianza era el debilitamiento creciente, aunque no automático, del viejo liderazgo balaguerista y las profundas mutaciones que se venían produciendo en el peledeísmo, que lo convertirían en la expresión política de la nueva derecha conservadora y neoliberal. Esto se correspondía con un creciente igualamiento de la mayoría de los partidos, tanto a nivel doctrinario como político, expresión del nuevo ciclo político.
Las elecciones del 2000
Dentro de ese nuevo marco histórico se producen las elecciones del año 2000, en las cuales el PRD, con Hipólito Mejía como candidato, obtuvo el triunfo sobre el gobernante PLD.
Dentro de este contexto, como hechos relevantes hay que señalar: 1) la muerte de Peña Gómez en el 1998 y la desaparición del Juan Bosch del escenario político; 2) la imposibilidad de reedición de la alianza electoral entre el PRSC y el PLD. Ambos partidos decidieron ir con candidaturas presidenciales propias; Balaguer que en ese momento, no tenía impedimento legal para participar, y el PLD que postuló a Danilo Medina. El reformismo, aún con Balaguer, pretendía volver al poder sin haber percibido el declive histórico de dicho liderazgo; en el caso del PLD, no habían entendido que habían llegado al gobierno de la mano de Joaquín Balaguer, y que aún no estaban dadas las condiciones para alcanzar el gobierno, sin que se pudiese reeditar ese apoyo.
En el PRD, muerto Peña Gómez, se había producido, hasta ese momento, exitosamente la transición hacia un nuevo liderazgo que encarnaba Hipólito Mejía, quien era percibido como continuador del liderazgo peñagomista.
Esos factores determinaron el triunfo del PRD.
Los procesos electorales del 2004 al 2016
Sin embargo, el PLD derrotó a PRD en las elecciones de 2004.
¿Por qué?
La tentativa fallida de Hipólito Mejía de reelegirse, en medio de la crisis del Baninter, originó una profunda división en dicho partido, que determinó su derrota y división interna.
Por otro lado, el PLD había completado su transformación de partido de cuadros en maquinaria electoral, además de que encarnaba el liderazgo de los sectores conservadores, todo lo cual lo catapultó al gobierno.
Los resultados electorales del periodo 2004-2016, cuya característica principal fue la permanencia ininterrumpida del PLD en el gobierno, no pueden entenderse sin hacer referencia al hecho de que la República Dominicana se situaba, en firme, dentro de un momento histórico concreto, cuyas principales características son las siguientes:
La sociedad dominicana había pasado del predominio rural a lo urbano, de la típica industrialización dependiente al modelo de servicios y zonas francas, con una masiva emigración al exterior, dependiente de remesas, globalizada, consumista, con un alto predominio de sectores medios, entre otros rasgos.
En el plano político, se había producido la emergencia de liderazgos políticos de nuevo tipo más dependientes de los triunfos electorales, sin distinciones ideológicas fundamentales y sin bases sociales que los diferenciaran y que establecieran diferencias entre ellos; liderazgos “busca votos” más que expresiones de sectores sociales concretos y sus demandas.
Acordes con estos cambios, los partidos también se habían transformado; unos habían ratificado sus estructuras de masas, pero cada vez más orientadas a lo electoral, como pasó con el PRD.
El caso del PLD es el ejemplo más claro del cambio estructural que partido alguno haya experimentado: de partido de cuadros, altamente centralizado e ideológicamente claramente definido, se transformó en una maquinaria electoral, dividida en fracciones internas, cooptada por una visión típicamente neoliberal y referente político de los sectores sociales y políticos heredados de balaguerismo.
Por otro lado, durante esta etapa los principales partidos de la oposición (PRD, PRSC), productos de las mutaciones del propio modelo político y las tensiones internas, no pudieron enfrentar eficazmente a los gobiernos del PLD.
En el caso del PRD, las luchas entre las diversas fracciones internas alcanzaron su punto más alto y debilitaron a esa organización, la cual redujo su caudal de votos y, finalmente, la dividió con el surgimiento del PRM.
El PRSC, con la desaparición de su liderazgo histórico, dejó de ser la presentante de los sectores conservadores del país, y sus simpatías y caudal de votos se redujeron considerablemente. En alguna medida, el PRSC se convirtió en partido bisagra, enfrentado al PLD, otras veces, su aliado.
Estos son los factores políticos fundamentales que explican la permanencia en el gobierno del PLD durante 16 años.
Las elecciones del 2020 y el 2024
Más allá de si se aliaron grandes o pequeños partidos, hay que entender la situación concreta en la cual se produjo el desplazamiento del PLD del gobierno, después de dieciséis años ininterrumpidos de permanencia en el mismo.
Entre muchos factores, se produjeron tres que fueron determinantes:
Primero, la división del PLD, hasta entonces el partido mayoritario más monolítico, selló su salida del gobierno. Pese a la transformación orgánica que había experimentado, en el PLD se centralizaban las decisiones estratégicas en su Comité Político, en el cual convivían las dos fracciones partidarias más importantes. Sin embargo, llegado un momento, a propósito de la cuestión de la candidatura presidencial para el 2020, el equilibrio de fuerzas se quebró y el sector leonelista formó tienda aparte, con la formación de la FP.
Segundo, el tema de la corrupción se convirtió en una bandera de lucha que superó las simples denuncias. La movilización ciudadana a través de Marcha Verde, congregó a cientos de miles de personas, canalizando el descontento social, a través de lo que Laclau llamó una relación de equivalencia: la relación entre las diversas demandas de los sectores sociales (desde los sectores medios hasta el pueblo llano) identificó a un enemigo común responsable de sus problemas y calamidades y se unificaron en una demanda común a todos: la lucha contra la corrupción. El activismo social, político y mediático de los sectores medios fue determinante para arrastrar a los segmentos populares y potenciar el descontento y la búsqueda de salida a través de las elecciones.
Tercero, como lo hemos mencionado, después de una prolongada etapa de crisis y división, surge y se fortalece, desde la oposición política, una opción política (PRM) que capitalizó el descontento social y aglutinó otros partidos de oposición.
En el 2024, permanece la división del peledeísmo histórico en dos facciones (peledeísmo, propiamente dicho, y leonelismo), pese a la alianza electoral parcial; el hecho de que ambos sectores levantaran candidaturas presidenciables separadas determinó, en gran medida, su derrota.
¿Y el 2028, qué?
Los triunfos electorales a través de alianzas entre partidos mayoritarios o entre algunos de estos con partidos minoritarios no se explican por sí mismos, sino que hay que profundizar en las condiciones en las cuales se realizan, que muchas veces no son visibles a simple vista.
La pregunta obligada de este tema es qué tipo de alianza será necesaria para derrotar al PRM y sacarlo del gobierno en el 2028. El trasfondo del análisis periodístico al cual hemos hecho referencia tiene como objetivo responder esta interrogante.
Siguiendo nuestro enfoque, entendemos que las posibilidades en una u otra dirección dependerán de que se produzcan o no algunas de las siguientes condiciones, entre otras:
En primer lugar, habría que ver cuál será el nivel de desgaste del gobierno y del liderazgo de Luis Abinader después de dos periodos de gobierno y, en esa misma línea, el nivel de fortaleza o debilidad del PRM luego de la realización de sus dos procesos internos: la elección de sus autoridades políticas y la selección de su candidatura presidencial. Hay que enfatizar que el Gobierno posee herramientas poderosas (recursos, vocerías, activistas, etc.) que pueden opacar las debilidades, aunque la Historia nos enseña que, en momentos de crisis, esto pierde efectividad, como pasó con el propio PLD en el 2020.
En segundo lugar, a partir de ahí, cobra sentido el tema de la alianza entre el PLD y la FP. Ante un gobierno sorteando satisfactoriamente las dificultades y un PRM unificado, el triunfo de una oposición mayoritaria dividida es casi imposible. En las condiciones actuales, sería necesaria una alianza opositora (en todo caso, PLD + FP), incluyendo el nivel presidencial. Pero si el gobierno y/o el PRM se estancan, por desgaste y aumento del descontento, el primero, o por división, el último, se le hace más fácil a una organización mayoritaria de oposición obtener un triunfo electoral y llegar al gobierno, aunque sea en alianza con partidos minoritarios.
Prever lo que sucederá en el 2028 es sumamente difícil en estos momentos, razón por la cual hay que seguir dando seguimiento a los acontecimientos, a la acción de los diversos actores políticos (partidos, liderazgos, Gobierno, sociedad civil, etc.), la dinámica del entorno internacional y su repercusión, el estado de las luchas y demandas sociales, entre otros aspectos fundamentales.
1 Mayoría de triunfos presidenciales no son por grandes alianzas
2 https://www.asale.org/damer/parteaguas

