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La Semanal y la hegemonía del discurso

by Redacción

Por LUIS SALAZAR

Recientemente, el periódico Listín Diario publicó un trabajo periodístico, bajo la firma de Paul Mathiasen1, en el cual se realiza un análisis detallado de 110 encuentros con la prensa del presidente Luis Abinader, celebrados desde agosto de 2023 hasta el 8 de diciembre de 2025.

Según el autor:

Este medio recopiló las 110 reuniones y, con herramientas de inteligencia artificial, creó resúmenes de cada una, consolidó información y cruzó temáticas para definir los temas más relevantes y recurrentes abordados en La Semanal durante estos casi tres años”.

Entre los temas más tratados en estos encuentros destacan la situación fronteriza con Haití, la seguridad ciudadana y la reforma policial, diversos asuntos económicos, las obras públicas, los apagones, la reforma constitucional, la reforma fiscal, entre otros.

En contraste con un Leonel Fernández casi mudo, que se eximía de hablar con la prensa, y con un Danilo Medina que optaba por la estrategia de las “visitas sorpresa”, este espacio de comunicación semanal sienta un precedente interesante y novedoso en la política dominicana.

 

Más allá de lo que se ve

Sin embargo, lo que nos interesa aquí es identificar algunos aspectos relacionados con el significado político y comunicacional de La Semanal.

En primer lugar, con esta iniciativa el propio presidente Abinader se coloca como el principal —y casi único— vocero de su gobierno, lo cual tiene tanto aspectos positivos como negativos.

Entre los elementos positivos destaca el contacto directo y sistemático con los medios de comunicación, que genera una sensación de cercanía que otros mandatarios no lograron. El presidente se vuelve omnipresente en los medios y, por extensión, en la sociedad. Tal como se señala en el trabajo comentado, se produce una especie de “rendición de cuentas” permanente, que llena vacíos informativos e impone temas en la agenda pública.

Precisamente, La Semanal define cuáles son los temas importantes de los que hay que hablar y relega, oculta o coloca en un segundo plano otros asuntos que no se consideran “importantes” o “prioritarios”. Existe, por tanto, una clara selectividad temática que traza el rumbo de la opinión pública. Como es de esperarse, las palabras del jefe del Estado tienen preeminencia sobre las que puedan expresar otras figuras políticas.

No solo se priorizan determinados temas, sino que también se establecen los criterios desde los cuales deben ser analizados, privilegiando un enfoque técnico y gerencial y, en la mayoría de los casos, dejando en un segundo plano el abordaje político propiamente dicho.

En este contexto, la oposición se ve obligada a reaccionar dentro del marco discursivo impuesto por el gobierno, lo que expresa una clara hegemonía del oficialismo.

Un ejemplo elocuente de esta situación —tal como lo analizamos en un trabajo anterior— es el manejo del tema haitiano y de la inmigración irregular de ciudadanos haitianos, donde la oposición quedó subsumida bajo el discurso gubernamental, y no a la inversa.

No obstante, este ejercicio permanente de exposición del primer mandatario ante los medios y la sociedad también lo convierte en el objetivo directo de las críticas de la oposición y del descontento social de amplios sectores que no ven resueltos sus problemas cotidianos. En la medida en que la figura presidencial es el actor político más relevante del gobierno y del partido oficialista, su exhibición constante lo transforma en el principal receptor del malestar social.

Como resultado, se produce un desgaste inevitable que podría generar efectos adversos de cara a los comicios de 2028.


1 Tres años de La Semanal: un repaso a los temas centrales de la agenda de Abinader

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