Recién, un amigo me hizo dos preguntas “a quemarropa”, las que respondí desde la osadía que la ignorancia nutre, esa que desconoce la expectación mínima que provocan hasta esos concursos que todavía tienen como propuestas de entretenimiento y “educación”-según afirman sus productores – algunos programas que predominan en la televisión local los fines de semana.
Su pregunta primera: “¿Cuál es el principal problema de la República Dominicana, por su impacto para detener su desarrollo socioeconómico y psicológico?” La que respondí: “La civilidad”. Y la segunda, ¿Cuál es la mayor fortaleza socioeconómica y psicológica de la República Dominicana? “Raudo y veloz” contesté: “la resiliencia”.
Sin un consolidado bagaje que respalde convertir mis respuestas en tesis, del padecimiento cotidiano en las calles de Santo Domingo y en espacios en los que interactúo, por la frecuencia y volumen de eventos que apuntalan la comprobación como ítem inicial para llevarme a la conclusión de que la civilidad es determinante para la solución de la problemática que enfrenta el país.
“La civilidad” dice el diccionario, “es el comportamiento cívico y socialmente respetuoso que se manifiesta en la cortesía, la educación y el respeto a las normas y a los demás”, y, de las varias posibilidades que la caracterizan, me ayudo con estas: “Un ejemplo es respetar las filas, ceder el paso a los vehículos de emergencia o no tirar basura en la vía pública”, y también: “Respeto a las leyes: Cumplir con las normas establecidas por la sociedad para asegurar el bienestar colectivo”.
Esas dos características nos retratan sin maquillaje ni filtros, ¡Qué tanto se usan ahora!, porque esperar en una fila o en un semáforo es un desafío que nuestra tolerancia desconoce ceder el paso a otro vehículo es dejar que se bote la leche que dejamos hirviendo en la casa mientras nos movemos por la ciudad y manipular ADMINISTRAR correctamente la basura en nuestros ENTORNOS todavía es una materia pendiente para muchos que intentan aprobar lanzándola a las calles, cañadas, parque, adonde sea, menos en el lugar adecuado.
Esas conductas reflejan nuestras carencias más sensibles: respetar las leyes, mandato universal, pero que en el país todavía es una meta pendiente para las autoridades, que deben hacerlo “sin favor ni temor”, combinación esta que haría justicia y facilitaría cumplir con las normas sociales que deben producir el necesario bienestar colectivo con el que en un ambiente de equidad, incremente las oportunidades y garantice la dignidad de la gente
El amigo que me hizo las preguntas, tal vez recordando el libro de memorias “La paciente impaciencia”, del comandante sandinista amigo del país, Tomás Borges, me sugirió un posible plazo para alcanzar la solución a su primera cuestión, tiempo que mi desanimada expectación me sugiere, que, aunque confíe en los/ as dominicanos/as, la resiliencia tiene su tiempo, ahora cuando estos tiempos van por derroteros tan inciertos.
La civilidad tiene vínculos con la cultura, la educación y el nivel de ciudadanía, tres elementos que requieren una voluntad de compromiso, y consciente, dar pasos hacia la cohesión social de los mismos, los que, para lograr la efectividad, requieren de procesos sistemáticos que pueden, según algunos entendidos, un tiempo cercano a una década.

