Por ALFONSO -FONCHI- TEJEDA
Es una nuestra más del carácter belicista que contiene el Himno Nacional dominicano y de la manipulación conveniente que del mismo hacen sentir sectores interesados, el acorralamiento obstinado a que sometieron a Yoselis Castillo Fuertes, una poeta dominicana residente en Nueva York, por escribir el poema “Himno Nacional Lésbico Dominicano”, creación por la que tuvo que pedir excusas ante la avalancha de insultos – y hasta amenazas-, todo eso sin que se conociera su contenido, más allá del título coincidente.
Aunque ahora participaron del cuestionamiento personas que estiman que la creación “es de mal gusto”, están un tanto distanciados de quienes hacen de los símbolos patrios “cañones” en esa particular batalla, la que les reporta beneficios políticos y refuerzan sus prejuicios raciales y sociales, siempre que “el contrario” represente y/o abogue por derechos y acciones que propongan otros tipos de relaciones en la sociedad.
Nada inocente es este canto patrio que entonamos como identidad desde aquel 17 de agosto de 1883, hace 142 años, y que fuera declarado oficial en 1934 por la ley 700, que le atribuyó las condiciones de “invariable, único y eterno”, pero que el dictador Rafael Leónidas Trujillo, por razones de «seguridad” dispuso que solo se cantarán cuatro de las 12 estrofas que contiene la versión escrita por Emilio Prud-Homme, y musicalizada por José Reyes, que interpretadas difieren hasta en tres minutos de duración, según sea la reducida o la completa.
Creado en un momento en el que el conservadurismo político dominicano imperaba, la pieza de Prud-Homme, aunque se entone en actos diversos, los sectores conservadores se lo han apropiado para hacer uso de él, y con él instrumentalizar acciones y procurar decisiones que les faciliten continuar su dominio, tal como ocurriera en 1994, cuando en la lucha electoral contra José Francisco Peña Gómez, el presidente Balaguer dispuso su difusión en horario extra.
Esa posibilidad de manipulación con fines particulares y su acentuado belicismo, (que hace su característica más notoria, también el del 14 de Junio y el de la Revolución de Abril del 1965, en circunstancias diferentes) deben provocar siquiera la atención para que se revise la pieza, para que, como símbolo nacional, propicie otro tipo de estímulos ciudadanos como la protección del medio ambiente, la preservación y mejor manejo del agua como recurso agotable, mayor y más civilidad en las relaciones cotidianas, una cultura sostenible y de respeto.
Los cambios de símbolos patrios son casi siempre de difícil realización y de lenta asimilación cuando se dan, pero pueden ser posibles si se promueven hacia propósitos de mejor conducta social y mayor entendimiento para evitar la posible ocurrencia de situaciones más dramáticas, más conflictivas, esas a las que pudieran conducir los prejuicios que se asienten en esos símbolos que categorizamos como baluartes inamovibles y que creemos nos hacen superiores a otros.
Aunque tiene “sus bemoles”, el ejemplo de Trujillo podría sustentar otra variación en su contenido, que lo haga más pasible y posible de cantar las nuevas realidades dominicanas, esas que prestan atención a la sostenibilidad, la civilidad y la solidaridad, que son los restos de este tiempo y ante lo que parece somos orgullosos indolentes.

