El gobierno del PRM continúa acercándose a la retórica y la práctica de los gobiernos autoritarios alrededor del mundo, cultivando odio y cerrando las puertas a las soluciones reales.
Por ESTHER HERNÁNDEZ MEDINA
Para negar derechos o quitarlos hay que ser cruel (la esclavitud ilustra).
Hay que estereotipar, descalificar y enfrentar. Hay que definir a los subyugados
como subhumanos o humanos perversos: criminales, amorales, irresponsables.
Rosario Espinal

Odio y más odio en las redes. Odio que se convierte en insultos y golpes a quien piense diferente en la vida real. Líderes que pregonan “limpiar” sus países de las personas que aportan a sus economías, pero que se niegan a ver como personas. Muros que se construyen y se amplían por estados que pretenden ser no casas, sino fortalezas. Gobiernos que reciclan odios históricos para aumentar su popularidad e incluso para quedarse en el poder violando las reglas más básicas del juego electoral. La retórica es la misma. Ya no se trata de adversarios ni de problemas, sino de “delincuentes”, “animales”, “invasores” y “criminales”. Sea en Estados Unidos con Trump, en Hungría con Orbán, en El Salvador con Bukele, en la India con Modi, en Argentina con Milei o en Rusia con Putin, el autoritarismo avanza y mucha gente quiere enfrentar la incertidumbre de los tiempos que corren recurriendo al supuesto “hombre fuerte”.
En nuestro país el caso es más complicado porque el PRM se define como un gobierno progresista y es, por definición, el partido heredero del PRD de la lucha antitrujillista y por la democracia. De hecho, en varias áreas el Gobierno ha llevado a cabo avances importantes como veo en las noticias y escucho de mis amistades y colegas que laboran en instituciones públicas. Yo sé por experiencia propia lo difícil que es intentar cambiar el aparato estatal para que sirva mejor a todas las personas y por eso intento ser justa y reconocer y dar publicidad a esos esfuerzos cada vez que puedo.
Por eso es que me sigue resultando tan difícil de creer que esta administración quiera parecerse cada vez más a los gobiernos autoritarios que les menciono y siga reciclando la retórica y políticas antihaitianas y racistas del trujillismo y del balaguerismo. Soy optimista, pero no ingenua. Sé perfectamente y lo he dicho varias veces en esta columna y en las redes que lamentablemente eso lo han hecho la mayoría de los gobiernos de todos los partidos. Pero nunca pensé que el partido heredero del PRD de Peña Gómez y de la lucha antitrujillista llegara al nivel de contradicción en que ahora se encuentra. Y cito a mis colegas y amigos, Juan Miguel, Amaury y Amín Pérez (los hijos del Bacho): “Olvidando la historia de Peña Gómez, el PRM está radicalizando la xenofobia con sus formas de gobernar y no sabe en el hoyo moral profundo que está metiendo a la sociedad con su campaña de odio”.
Los ejemplos han sido terribles y demasiados. No les voy a volver a comentar las múltiples violaciones a los derechos humanos que este Gobierno ha cometido con las deportaciones masivas que inició el 2 de octubre pasado. Como hemos dicho muchas personas muchas veces, es cierto que los estados tienen el derecho de llevar a cabo deportaciones, pero cuando se hacen de manera masiva, por definición, llevan al desorden y a aplastar la dignidad de la gente. No solo porque se cometen más errores, sino porque es más fácil que se produzcan abusos, maltratos y hasta muertes como en efecto ha ocurrido.
Tampoco les repetiré lo moralmente repugnante que es como el Gobierno aumenta aún más su radio de acción deportando hasta mujeres embarazadas y recién paridas, violando nuestra propia Ley de Migración y convirtiendo los hospitales y las escuelas en lugares de peligro, no de refugio como deben ser siempre.
La idea de esta ofensiva es supuestamente presionar a la comunidad internacional para que se movilice y se haga cargo de Haití. Pero lo único que ha logrado es reactivar el odio que los sectores más conservadores han cultivado contra Haití desde el siglo XIX. Odio que hasta el Gobierno de EE. UU. fomentó a inicios del siglo XX y que Trujillo convirtió en política oficial con la matanza del 1937 y la labor ideológica de varios de los intelectuales de la época. Por eso es que el contraste entre el carácter supuestamente progresista de esta administración y sus actuaciones antes y después de la conmemoración del 60 aniversario de la Revolución del 1965 no pudo haber sido mayor. Incluso antes de la marcha conmemorativa del pasado 27 de abril, representantes del Gobierno hacían declaraciones que parecían copiadas de las hechas por el grupo fascista y paramilitar que amenazó con enfrentarse a la manifestación tildándola de “pro-haitiana”. Y después de la marcha atacaron a un grupo de mujeres a pedradas cuando iban de regreso a sus vehículos para retirarse. Las mujeres tuvieron que refugiarse en el local del antiguo MIUCA (PCT) como relató la antropóloga Tahira Vargas y un compañero del PCT que salió a defenderlas fue atacado de manera tal que tuvo que recibir atención médica.
También el Gobierno desalojó a las personas dominicanas de origen haitiano y haitianas que vivían en Friusa, al parecer en respuesta a la marcha en que la Antigua Orden fue a la comunidad a intimidar y a agredir; a pesar de que sus vecinos y vecinas dominicanas declararon en varias ocasiones que no eran ciertas las acusaciones en su contra. La nueva serie de 15 medidas migratorias también fueron tomadas poco antes de otra marcha convocada por el mismo grupo paramilitar. Hay mucha gente ofreciendo explicaciones sobre la relación entre la Antigua Orden y el Gobierno.
Hay quienes incluso consideran que el segundo es quien financia a la primera. Otros plantean que no, pero que hay otros intereses económicos de por medio. Yo no tengo acceso a esas informaciones y no me gusta especular cuando no las tengo. Lo que sé es que, cada vez más, la gestión del presidente Abinader me recuerda los planteamientos de mi profesor Ronald Heifetz sobre el liderazgo. Heifetz, uno de los profesores de la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard, donde lo conocí, es una de las personas expertas más reconocidas en EE. UU. en este tema. De hecho, leer su libro Liderazgo sin respuestas fáciles fue la razón principal por la que quise ir a estudiar a la Escuela Kennedy.
Heifetz diferencia lo que llama el liderazgo adaptativo (“sin respuestas fáciles”) del liderazgo tradicional. En el adaptativo, quien lidera busca entender las causas del problema y luego crea las condiciones para ayudar al grupo que le sigue a aprender, a abrirse y a crear nuevas soluciones. Abraham Lincoln y Nelson Mandela son ejemplos famosos del liderazgo adaptativo. Por el contrario, el liderazgo tradicional repite las fórmulas del pasado y subestima la complejidad de los desafíos que tiene en frente. El presidente Abinader continúa haciendo lo segundo. En vez de aprovechar la popularidad con la que inició sus gestiones para ayudar al país a dejar atrás las peores partes de nuestra historia, se ha ido por la fórmula fácil de reciclar el antihaitianismo para ganar más popularidad. En vez de aprovechar la experiencia de la gente de su propio gobierno, que es experta en el tema migratorio y en la relación con Haití, la ignora y crea nuevas instituciones con personajes conservadores como Milton Ray Guevara.
De hecho, los grupos como la Antigua Orden ocupan cada vez más espacio porque se sienten cada vez más apoyados por el gobierno. Y sus acciones no son de ahora. Hace varios años que amenazan y atacan físicamente en persona y acosan en las redes a activistas del movimiento feminista, antirracista, LGTBQ y de otros movimientos. Por lo menos, desde el 2020 han impedido, usando la violencia física, la realización de actividades pacíficas como el homenaje a George Floyd en la calle Palo Hincado y el performance antirracista en octubre del 2022 en el Parque Colón. Pero sus amenazas y acciones violentas vienen desde antes. Por lo menos, desde el 2016 han interrumpido por la fuerza reuniones y eventos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la Organización Internacional de las Migraciones y otras organizaciones. También han amenazado y difamado a funcionarias y funcionarios de organismos internacionales, medios de comunicación y de instituciones públicas, incluyendo de este mismo Gobierno.
En vez de avanzar en construir una política migratoria con base en los datos y el respeto a las personas, el Gobierno se sigue dejando chantajear por lo peor de nuestra sociedad y reciclando lo peor del pasado. En vez de dedicar más recursos a resolver los verdaderos problemas nacionales, invierte cada vez más en el teatro político de las deportaciones. Como plantea la periodista canadiense Naomi Klein… Ya no solo estamos sembrando odio, lo estamos cosechando.

